NEWMAN, Elizabeth. Biography of a Hacienda: Work and Revolution in Rural Mexico. Tucson: University of Arizona Press, 2014. Resenha de: ÁLVAREZ, Hernández. Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, Buenos Aires, v.1, n.9, p.89-94, 2015.

A pesar de su importancia histórica, el estudio arqueológico de las haciendas mexicanas de la época porfiriana (1876-1910) es aún incipiente en la arqueología, aunque ha comenzado a generar cierto interés entre algunos investigadores extranjeros y locales. Aquellos que han decidido tomar el reto se han abocado a indagar, principalmente, sobre la vida cotidiana de la clase trabajadora de las haciendas y sus familias, debido a la escasez de documentos al respecto y a los sesgos de la historia oficial con respecto a las condiciones en que vivían estos peones acasillados (Hernández 2014; Meyers 2012; Sweitz 2012). En este sentido, el libro de Elizabeth Newman constituye otro intento por comprender el impacto que tuvo la incorporación del sistema capitalista en la identidad de los individuos y la comunidad que laboró y habitó en una hacienda de producción agrícola, San Miguel Acocotla, de la región de Atlixco, Puebla, en la zona central de México.

A partir de una narrativa salpicada de anécdotas personales, pasajes íntimos, ficción realista e incluso disertaciones auto reflexivas, la autora pretende involucrarnos en las vicisitudes de su experiencia personal en el estudio arqueológico de una hacienda poblana y las motivaciones que la llevaron a emprender esta investigación histórica. Su intención en este trabajo es criticar las suposiciones tradicionales sobre las experiencias cotidianas de los trabajadores –jornaleros, peones, capataces, rancheros y sus familias– al interior de las haciendas. Sin embargo, también se ocupa de la familia de los hacendados, de sus conflictos y ansiedades sobre las consecuencias que traería la Revolución Mexicana (1910) y, por ende, la pérdida de sus privilegios de clase.  La fortaleza discursiva y la rigurosidad histórica del texto de Newman son producto del uso de variadas fuentes de información como los archivos oficiales, los mapas, la historia oral, el estudio etnoarqueológico de la comunidad descendiente y, por supuesto, la investigación arqueológica de los lugares de habitación de los trabajadores de San Miguel Acocotla. Por ejemplo, la evidencia material obtenida a partir de la excavación del conjunto habitacional de los peones le permitió conocer los patrones de consumo al interior de esta hacienda y considerar que los análisis clasistas, en este caso de los más desprovistos, son importantes para entender las dinámicas sociales de sitios multiétnicos como lo fueron las haciendas mexicanas de la época revolucionaria.

El libro se compone de ocho capítulos en donde se presenta el devenir histórico de San Miguel Acocotla desde la época colonial hasta la actualidad. En el primer capítulo se comenta sobre el contexto en el que surgieron las primeras haciendas mexicanas durante la época colonial (1519-1810) y su consolidación durante la etapa del México independiente. No obstante, la autora advierte que resulta difícil tratar de categorizar las haciendas mexicanas ya que sus características han sido muy variadas a través del tiempo y el espacio.

De acuerdo con Newman, la narrativa oficial señala que después de la Independencia (1810) las poblaciones rurales se vieron desprotegidas durante un largo período de tiempo debido a la inestabilidad política derivada de la guerra contra la dominación española. Estos procesos derivaron en conflictos sociales, económicos y políticos que se prolongaron por varias décadas y tuvieron su momento álgido durante la Revolución Mexicana de 1910. Este movimiento social armado fue una consecuencia de los constantes conflictos entre las comunidades indígenas y los terratenientes, generalmente de origen español, que buscaban mantener sus privilegios. El conflicto se agudizó debido a los problemas derivados de la enajenación de las tierras y las presiones sociales derivadas de la erosión de los modos de vida rurales y la introducción de los nuevos modos de trabajo y organización derivados del modelo capitalista industrial, como en el caso de los distintos tipos de haciendas mexicanas –ganaderas, henequeneras, mineras- del siglo XIX.

San Miguel Acocotla fue una de esas haciendas cuya historia se remonta al período colonial pero cuya época de esplendor sobrevino con la implementación de un sistema de peonaje, acasillamiento y explotación laboral de los campesinos poblanos para la producción de trigo y maíz a escala industrial. En el segundo capítulo del libro Newman presenta lo que será su estudio sobre dicha hacienda. Como ella misma manifiesta, su intención fue registrar los procesos de cambio social acaecidos en San Miguel Acocotla y llenar las lagunas de la historia escrita con datos materiales provenientes de una investigación arqueológica exhaustiva. La investigación de Newman en Acocotla busca acercarnos a la vida cotidiana de los trabajadores de la hacienda a partir de la excavación de su lugar de habitación: la calpanería. Además, entre las estrategias empleadas para cumplir con los objetivos planteados, y contrastar la evidencia material, se incluyeron otros procedimientos metodológicos como la investigación etnográfica, el trabajo etnoarqueológico y la recopilación de la historia oral entre la comunidad descendiente.

El capítulo tres aborda la historia escrita, disponible en el Archivo General de la Nación, sobre la hacienda San Miguel Acocotla. Los archivos históricos consultados contienen información sobre los distintos dueños de la hacienda, datos sobre la división de tierras, mapas, además de descripciones sobre las comunidades colindantes. Esta información abarca la historia de la propiedad entre los siglos XVIII y XIX. Para Newman, esta información histórica es importante para acercarnos al contexto en el que se desarrolló la finca, pero si queremos obtener mayor detalle sobre los pobladores resulta imprescindible ampliar las fuentes de información. Por lo tanto, al incluir las historias orales, la etnoarqueología y la investigación arqueológica, la autora busca añadir unas cuantas notas más a la melodía que trata de reconstruir.  El cuarto capítulo resulta bastante interesante ya que versa sobre la investigación etnoarqueológica y de recuperación de la historia oral de los antiguos habitantes de San Miguel Acocotla que ahora viven en la comunidad de La Soledad, Morelos. Durante esta fase de la investigación, se recolectaron historias orales, datos etnográficos y etnoarqueológicos sobre las formas de vida y los espacios domésticos de dicho poblado, con la intensión de generar información comparativa para los datos arqueológicos. Newman describe cómo se aventuró, junto con estudiantes y ayudantes de campo, a indagar sobre la arquitectura vernácula, el uso del espacio doméstico y las historias de vida de los pobladores descendientes de los trabajadores de la hacienda. Comunidades como La Soledad crecieron a raíz de la disolución de las haciendas y la repartición de tierras a los campesinos producto de la Reforma Agraria (1915).  A partir del estudio sistemático de los espacios residenciales y la arquitectura doméstica de 381 terrenos del poblado, además de entrevistas sobre las actividades domésticas y la vida cotidiana de los actuales pobladores de La Soledad, Newman encontró varias implicaciones conductuales y simbólicas producto del estudio etnoarqueológico. Por ejemplo, la autora observa que en las casas tradicionales el espacio exterior llega a ser más importante que el espacio interior, este varía de persona a persona, además, la cocina tiene una importancia vital y la función de los cuartos puede ser difícil de discernir. A partir de estas premisas, la autora espera llegar a entender los vestigios espaciales, arquitectónicos y materiales que serán investigados arqueológicamente en la hacienda.Landa 2015: 89-94(Reseña) 92  En el quinto capítulo se reconstruye el proceso de intervención arqueológica en la Hacienda San Miguel Acocotla. Las actividades se centraron en el estudio y excavación de la calpanería, el espacio doméstico de los peones de la hacienda. Se trata de un edificio, hecho de bloques de adobe y tejas, que tenía 37 cuartos de 3.5 m² a manera de celdas. Se supone que cada uno de estos cuartos pudo albergar a una familia nuclear. A partir de las actividades de prospección, muestreo y excavación de espacios exteriores e interiores se pudo conocer la historia constructiva del edifico y recuperar diversos objetos que, aunque insignificantes, muestran aspectos de la vida cotidiana de los trabajadores y sus familias. Además, a partir de esta intervención arqueológica fue posible contrastar los patrones observados en los espacios domésticos habitados por la comunidad descendiente.  El capítulo seis versa sobre la arquitectura, la vida doméstica, el poder y el control social al interior de la hacienda de Acocotla. Newman menciona que la arquitectura es uno de los medios confiables para analizar las dinámicas sociales del pasado y las constantes negociaciones entre las necesidades del hacendado y los trabajadores agrícolas. Por ejemplo, en las haciendas, los dueños construyeron casas para sus trabajadores, esto les permitió controlar la mayoría de los aspectos de su vida cotidiana y les sirvió para crear un medioambiente que promovió una jerarquía social estratificada. A través de la arqueología histórica es posible acercarnos a estudiar estas tensiones y negociaciones que generalmente no aparecen manifiestas en la historia oficial.  Los modos de alimentación y la evidencia cerámica son tema del séptimo capítulo. Este apartado se basa en el hallazgo de diversos artefactos domésticos, principalmente restos de vasijas cerámicas, y los huesos de animales que se encontraron en un basurero dispuesto al exterior de la calpanería. Se recuperaron diversos tiestos cerámicos de barro vidriado, loza fina y porcelana que nos hablan del comercio de cerámica suntuaria y utilitaria en la región central mexicana hacia finales del siglo XIX, siendo Puebla una de las regiones productoras por excelencia del país. Además, las distintas formas de los cacharros indican el uso de estas vasijas para preparar tortillas, caldos o salsas. Aunque también hubo candelabros y braceros que se usaron en diversas prácticas rituales.

Por otra parte, se recuperaron poco más de 3000 huesos de animales, de los cuales cerca del 90% fueron mamíferos domésticos como vacas, cerdos, cabras, ovejas y conejos. Igualmente hubo restos de aves como pollos, patos y pavos que son una muestra de los patrones de alimentación que, al parecer, se han mantenido constantes a través del tiempo en las zonas rurales de México.

Finalmente, en el último capítulo Newman hace un recuento de los pequeños hallazgos producto de las intervenciones arqueológicas en los cuartos de la calpanería. Estos objetos, al parecer poco significativos, son una muestra de la presencia de ciertos agentes que generalmente has sido olvidados en la narrativa oficial como son las mujeres, los niños y los ancianos. Entre los artefactos femeninos se hallaron candeleros y otros objetos rituales como cruces, rosarios y pendientes. También hubo algunas cuentas de joyería, aretes, decoración para ropa y ciertos amuletos. Destaca la presencia de tres malacates y un dedal que sirvieron para el hilado y el tejido. Entre la cultura material vinculada a los infantes se encontraron fragmentos de botellas de medicina, una figa que servía como amuleto para proteger a los niños del mal de ojo, cinco canicas, 41 figurillas que sirvieron como juguetes y varios objetos de origen prehispánico a manera de reliquias.  En conclusión, el estudio transdiciplinario emprendido por Newman en una hacienda porfiriana de la región poblana es un excelente ejemplo de las nuevas tendencia en la investigación en arqueología histórica. Su preocupación por generar una narración alternativa que incluya a los actores frecuentemente olvidados es fundamental para acercarnos de una manera diferente al pasado reciente. Además, su constante preocupación por entender las dinámicas sociales y la negociación de los distintos estratos sociales, tanto históricos como actuales, es una enseñanza que debemos valorar y un ejemplo a seguir en nuestras propias investigaciones.

Referências

Hernández Álvarez, Héctor 2014. Corrales, chozas y solares: estructura de sitio residencial de la Hacienda San Pedro Cholul, Yucatán. Temas Antropológicos. Vol. 36 N° 2: 129-152.

Meyers, Allan 2012. Outside the Hacienda Walls: The Archaeology of Plantation Peonage in Nineteenth-Century Yucatán. University of Arizona Press. Tucson.

Sweitz, Sam, R. 2012. On the Periphery of the Periphery: Household Archaeology at Hacienda San Juan Bautista Tabi, Yucatán, Mexico. Springer. New York.

Héctor Hernández Álvarez – Es Licenciado y Maestro en Ciencias Antropológicas con especialidad en Arqueología por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Doctor en Estudios Mesoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Trabaja como Profesor-Investigador en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán. Director del Proyecto Arqueología Histórica en la Hacienda San Pedro Cholul. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Autor del libro Etnoarqueología de grupos domésticos mayas: identidad y espacio residencial de Yaxunah, Yucatán (2014) publicado por la UNAM y editor del libro Identidades y cultura material en la región maya (2010), publicado por la UADY.

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