GORDILLO, Gastón. Nosotros vamos a estar acá para siempre. Historias tobas. Gastón Gordillo. Buenos Aires: Biblos, 2005. 222 p. Resenha de: CARRERA, Vleria Iñigo. Intersecciones en Antropología, Olavarría, n.7, ene./dic., 2006.

El “rescatar para la posteridad” la experiencia de pueblos exóticos “condenados a la extinción” ha sido asumido históricamente como postulado en la producción de conocimientos en antropología, reproduciéndose (ingenuamente, quizás, pero hasta qué punto es la pregunta) en ciertas construcciones académicas actuales. Sobre este postulado se han sustentado en gran medida las tradiciones de estudios antropológicos en la región del Gran Chaco, habiendo derivado en la elaboración de ficciones etnográficas que terminan por hacer abstracción de las condiciones sociales e históricas que subyacen a la producción de las formas de la conciencia que pretenden aprehender. Abstracción que suele ir de la mano con un desligamiento de cualquier tipo de compromiso real con la práctica de esos pueblos.

Si atendemos a la trayectoria etnográfica de Gordillo, no me parece descubrir ningún secreto al afirmar que se ubica en el extremo opuesto a aquella tradición disciplinar. Lo cual queda claramente evidenciado en la obra que aquí nos ocupa. Nos hallamos ante el despliegue de la historia de la gente toba (qomle’ec) del noroeste de Formosa, tal como ellos la recuerdan. A lo largo de las páginas se suceden relatos referidos a: las antiguas prácticas de subsistencia asociadas al monte, los enfrentamientos con el ejército, la colonización criolla en sus territorios, la evangelización anglicana, las migraciones laborales a los ingenios azucareros de Salta y Jujuy, los cambios en el curso del río Pilcomayo, las formas actuales del trabajo asalariado y la lucha por la propiedad de la tierra. Son estas distintas experiencias, que han marcado profundamente la historia de estos grupos y configurado sus prácticas cotidianas, las que, ordenadas de acuerdo a una cronología temporal, configuran el esqueleto del trabajo.

Producto de quince años de investigación entre los tobas del oeste formoseño, sustentado en un extenso trabajo de campo y en una importante investigación histórica, y fundamentalmente, producto de un comprometido proceso de reconstrucción de la memoria social, el trabajo claramente se distancia en varios sentidos y de manera crítica de aquellas invenciones literarias ficcionales. Quisiera comenzar esta reseña entonces destacando sus méritos.

Un primer aspecto destacable es la explicitación de las relaciones de producción que subyacen a la producción de los relatos. En la introducción misma el autor explicita el objetivo de este proyecto de recuperación de la memoria histórica: que las comunidades tobas cuenten con un registro escrito de su pasado accesible tanto a las propias comunidades como a un público general. Objetivo compartido y acordado, en tanto la necesidad de escribir la propia historia constituye a la vez un interés y una demanda de las propias comunidades tobas. Y objetivo claramente político, en tanto esa historia propia es pensada como instrumento que contribuya a un análisis de las fuerzas que han creado el presente y a una producción crítica de las futuras condiciones de vida. Es entonces en función de lo que está en juego en el presente que debemos leer las representaciones de su pasado a las que dan forma los tobas.

Al encarar una demanda, reconocida y problematizada como tal de manera conjunta, Gordillo avanza en la producción de relatos que dan cuenta de la manera en que recuerdan y se representan el pasado. La forma que adopta esta narrativa histórica es una en la que son protagonistas tanto la numerosa gente toba que ha acompañado al autor en sus viajes etnográficos y producciones científicas, como el propio autor, al que le cabe la selección, edición y organización de los relatos en base a criterios que buscan ser fieles a las experiencias de la gente, así como la articulación y contextualización de esos relatos a partir de introducir ciertos elementos que hacen inteligible, anclan y problematizan lo narrado en tanto aparente reflejo de una realidad transparente. Al desnaturalizar, vuelve necesarias las prácticas y experiencias de los tobas, liberándolas de arbitrariedad sin justificarlas, al reconstruir las condiciones materiales que las determinan.

Aquí se revela un segundo aspecto valedero del trabajo. Y esto en un doble sentido. El primero de ellos: Gordillo hace gala de una fuerte base documental. Los documentos que aporta, producidos por exploradores y misioneros dando cuenta de su propia experiencia con los tobas, posibilitan un juego de ida y vuelta con los relatos de los narradores. Por otro lado, acostumbrados a encontrarnos con magras producciones que se restringen a una mera representación de la voz de los otros, basadas en el imperativo autoimpuesto de recuperar el “punto de vista del nativo” (históricamente parte del programa de la construcción de conocimiento antropológico), gratifica enfrentarse a un texto que supera esa operación naturalizadora. Así, a diferencia de otros (gran parte) de los antropólogos, que parecen imaginar que la historia misma les es relatada por boca de los sujetos entrevistados, a la manera de una “verdad revelada”, Gordillo nos muestra cómo se puede realizar un trabajo serio sobre la memoria. Y, ¿de qué forma lo hace? Al no caer en una pretensión mimética con los sujetos; pretensión científica y políticamente peligrosa en tanto voluntarista, ingenua y fundada en una falsa equiparación de saberes. Al no verse obligado a detenerse y aceptar sin discusión lo que los tobas se representan acerca de su práctica real, evidenciando “olvidos” y tensiones existentes en los relatos sobre determinados hechos, propiciando el recuerdo de otros aspectos de esos mismos hechos.

Hechos de un pasado reciente (pero no tan sólo) que nos ponen frente a otro de los aspectos saludables del texto: el trabajar sobre un tiempo histórico. Lejos de constituir un muestrario descriptivo y desarticulado de relatos exotizados y divorciados de la materialidad de las experiencias concretas de las personas, los relatos que conforman el libro refieren a las trayectorias sociales, laborales, territoriales de las comunidades. En este sentido, el trabajo revela un distanciamiento de las producciones académicas que mencionara inicialmente de “rescate etnográfico” de “poblaciones arcaicas” a partir de sus narrativas “míticas” en tanto locus privilegiado de la conciencia de estos “otros”, que niegan todo otro tipo de narrativas y, al hacerlo, legitiman los presupuestos de irracionalidad de esos pueblos desde los que son interpelados por la narrativa historiográfica del poder. Contribuye así a la crítica, siempre necesaria, de la imagen ilusoria del indígena del Gran Chaco cargada de esencialismo y ahistoricidad. Imagen persistente no sólo en la academia sino también en el discurso y la práctica de organismos gubernamentales y de medios masivos de comunicación.

Continuando con el trasfondo teórico-metodológico, el trabajo busca superar la distinción entre memoria e historia, y las antinomias construidas en torno a esa distinción (cultural/histórico, subjetivo/objetivo, entre otras posibles). Excedería ampliamente los límites de esta reseña (y tampoco se encuentra entre los propósitos del libro) ahondar en el debate acerca de las posibles convergencias y divergencias entre la memoria y la historia, en tanto formas del conocimiento del pasado. Sí decir que el trabajo aporta a una saludable ruptura con distinciones que terminan por ser abstractas, bizantinas y estériles si se las abstrae de prácticas etnográficas concretas.

Por último, la reconstrucción de la memoria sobre las trayectorias sociales de los tobas contenida en este trabajo nos conduce necesariamente a formularnos de manera reflexiva las siguientes preguntas respecto de una propuesta etnográfica de esta naturaleza: ¿qué recordar?, ¿cómo recordar?, ¿para quién recordar?, ¿cómo transmitir?, y ¿por qué transmitir?

Recuperando un terreno de discusión abierto por el libro, esto es, la cuestión de la subjetividad en la dinámica de la producción de conocimientos de lo social (la del etnógrafo y la de los sujetos con los que desarrolla su trabajo), ¿es posible dar cuenta de una memoria social sumando relatos individuales? En otras palabras, ¿puede identificarse la memoria colectiva con una condensación de memorias individuales?; y más aún, ¿cuál es la validez del establecimiento de una relación directa entre cantidad de subjetividades y grado de representatividad? Sin correr grandes riesgos, podemos afirmar que existen configuraciones de la memoria características de cada sociedad, y al interior de estas configuraciones, variaciones individuales sobre las experiencias colectivas; y que, por otra parte, distintos puntos de vista individuales no conforman distintas subjetividades sociales. La memoria colectiva no es nunca unívoca, sino que se trata de una memo ria dinámica, contradictoria, que revela ambigüedades, continuidades y discontinuidades. ¿Cómo dar cuenta de la heterogeneidad de voces y a la vez del carácter social de la memoria? El autor sostiene que distintas personas recuerdan un mismo evento de forma diversa y, frente a esto, su intento por capturar esa heterogeneidad de voces en la pretensión de una construcción intersubjetiva conjunta que resulte de relaciones sociales históricamente determinadas.

Caben aquí dos señalamientos, a modo de interrogantes que el libro pone en juego. Por un lado, tratándose de un interés compartido y coparticipado, ¿cómo avanzar en la generación de instancias colectivas de activación de la memoria, más acordes tal vez a la construcción de un nuevo saber crítico, que trascienda la producción de relatos individuales que confluyen en una visión acordada del pasado? Por otro lado, reconociéndose el autor en la particularidad de su lugar, poniéndolo en tensión frente al conocimiento y la práctica de los sujetos interpelados, asumiendo que no es un sujeto neutro, entre otras cosas porque, al igual que aquellos, habla desde algún lugar desde el cual es visibilizado, no pretendiendo posicionarse en una ficticia situación de equidad ni involucrarse en un juego de interpretaciones, ¿cómo avanzar en la problematización de las relaciones de poder que se juegan en el proceso etnográfico, y más específicamente, en la transcripción y objetivación de experiencias etnográficas colectivas en un registro textual individual?

Preguntas que revelan los riesgos que se corren al hacer un trabajo de esta naturaleza. Lo cual no quiere decir que no valga la pena correrlos. Parafraseando a Marx los antropólogos no han hecho más que interpretar al mundo de diversas maneras, pero de lo que se trata es de transformarlo. En este sentido, Gordillo, en tanto etnógrafo, y su texto, en tanto producto, toman el camino más inteligente de entre aquellos posibles, aportando a la construcción de un conocimiento socialmente relevante y políticamente implicado que encuentra variadas instancias de validación. Dejándonos una pregunta final: ¿cuáles son las potencialidades y cuáles los límites de un proceso de reconstrucción de la memoria social en relación con la producción de una historia crítica de los procesos vividos?

Valeria Iñigo Carrera – Valeria Iñigo Carrera. Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Jerónimo Salguero 733, 5 B, (1177) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. E-mail: [email protected]

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