Lectura y contralectura en la Historia de la Lectura Alejandro Parada

A lo largo de una propuesta que recupera, interpreta y pone en discusión una parte de las contribuciones más destacadas en la materia, Lectura y contra­lectura en la Historia de la Lectura proporciona un primer acercamiento y una ruta de lectura útil a quienes se inician en su estudio, pero también una serie de instrumentos provechosos para procurar la siempre necesaria renovación de un área en permanente movimiento. De los cuatro ensayos que integran la obra, todos —a excepción del final, que plantea una lectura global y crítica de los tres primeros— pueden ser leídos de manera independiente, o bien se puede optar por seguir la lógica de complejidad creciente que estructura al relato.

“Historia de la Lectura. Una aproximación a su identidad y definición”, el capítulo inaugural, recorre algunos desarrollos clásicos del campo para, a partir de ellos, especificar cuál es y cómo se repone la captura histórica de los lectores en el tiempo, es decir, cómo es posible conocer las prácticas lectoras del pasado. En la amplitud de las Humanidades y Ciencias Sociales, ubica a la Historia de la Lectura como un área dentro de la Nueva Historia Cultural y, en forma particular, inmersa en la Historia de la Cultura Escrita. Esta pertenencia disciplinar, junto con sus características privativas, explican tanto la riqueza como la ambivalencia que le distinguen. Si se sostiene como afirmación que la práctica lectora convul­sionó modos de comprender, habitar e intervenir en el mundo a nivel individual y colectivo, la comprensión del encuentro entre los lectores y las lectoras con la palabra escrita posee una potencia peculiar para esclarecer los distintos procesos y transformaciones políticas, culturales y sociales del pasado. Sin embargo, cualquier tentativa por rastrear el cosmos lector se halla necesariamente impregnada de ambigüedades, indeterminaciones e, incluso, discrepancias. El reto no es menor: supone recuperar las representaciones y las prácticas desplegadas en torno al acto de leer —como hemos aprendido de los clásicos aportes de Roger Chartier—; significa ir en busca de las respuestas de los lectores, reconstruir los circuitos de circulación de los textos, determinar los cómo y los porqués se leía —según se desprende de las contribuciones hechas por Robert Darnton—. De esta manera, la Historia de la Lectura es una apuesta heurística que involucra el reconocimiento de voces múltiples y plurales, de las que se encuentran escasos rastros, y cuya res­titución resulta forzosamente interpretativa. Por esto, resolver dicha encrucijada es, probablemente, “un intento sin conclusión” (p. 91).

Alejandro Parada, no obstante, sostiene que la tarea es esencial para la con­solidación de este campo en ciernes e insiste en su desciframiento. En tal sentido, el desafío medular que se presenta en primera instancia a la Historia de la Lectura es alcanzar una definición precisa de su especificidad y de las propiedades de identificación que la constituyen como espacio del saber, en necesaria conjunción con otros ámbitos colindantes —tales como la Sociología, la Antropología, la Crí­tica Literaria, la Historia del Arte—, pero, al mismo tiempo, diferente y singular. Con esa determinación, en “Ambivalencia, avatares y paisajes en la Historia de la Lectura”, el segundo ensayo, se invita a pensar la vivencia lectora en su acontecer más elemental y contingente, por fuera de los límites que imponen las perspectivas de análisis tradicionalmente interesadas en su estudio.

Un abordaje de estas características permite contemplar lo que en el contexto del libro se denominan “paisajes”, es decir, una serie de áreas escasamente explo­radas o descartadas que, pese a ello, son constitutivas del universo lector y pueden orientar hacia panoramas futuros aún no clarificados. Por lo demás, identificar esos territorios ignotos e integrarlos a los estudios históricos sobre la cultura escrita y los usos de que ha sido objeto, resulta decisivo para su adecuada puesta en texto. Así, por ejemplo, para el caso regional se torna imperativa la atención al “paisaje local y global”: lograr el discernimiento de nuestra identidad lectora exige una ruta de investigación que, sin abjurar de los ineludibles paradigmas de trabajo europeos y estadounidenses, proyecte modelos historiográficos desde lo que fue la “realidad escrita e impresa latinoamericana” (p. 42). Desde esta perspectiva, la reconstrucción de una visión integral, que establezca correspondencias entre las diversas historias de la lectura globales, regionales, nacionales y locales, puede y debe obtenerse al contemplar un “paisaje crítico comparativo”.

Largamente descuidadas, también la intimidad y singularidad lectoras ame­ritan especial atención: el “paisaje emotivo-pasional” es clave para identificar las emociones y, por extensión, los modos de participación en la vida política y social que la palabra escrita suscitó en sus lectoras y lectores; al dejar de lado el aspecto cognitivo y práctico, el “paisaje biológico textual” puede devolvernos al plano fisiológico que interviene al leer, es decir, “el diálogo disimulado, a veces indescifrable pero presente, que los textos […] establecen con nuestros cuerpos, con nuestra carne y con nuestras entrañas” (p. 48). En el marco de estos esfuerzos, la apelación al “paisaje racional e imaginativo” es vital para alcanzar una interpretación historiográfica densa que, a través del diálogo entre razón e imaginación, supere los límites impuestos por la escasez y subjetividad documen­tal. Asimismo, la detención en los “paisajes teórico, filosófico y epistemológico” convoca a un proyecto de mayor envergadura: lograr que las investigaciones y discusiones en Historia de la Lectura hallen su unidad conceptual y, todavía más, localizar los fundamentos y métodos que convierten a sus conocimientos en científicos. Incorporar a las reflexiones académicas de nuestra disciplina estas y otras tantas aristas olvidadas, sin dudas contribuye a interpelar sus po­sibilidades y a reconocer la razón última de ser que justifica su existencia. Pero la disyuntiva no se agota allí, el autor sugiere que estas operaciones son insufi­cientes para alcanzar un abordaje definitivo de la Historia de la Lectura, si tal cosa fuera factible. Avanzar en este sentido supone un paso más: ensayar una comprensión del campo por “fuera de sus convicciones actuales”, “al margen y en el límite de lo ya establecido” (p. 76).

Como quedó dicho, existe un consenso en el campo que indica que, al his­toriar las experiencias de lectura, el discurso debe ceñirse a una práctica, una representación, o bien a las repuestas de los lectores, sus modos y motivaciones al leer. Ahora bien, sin dejar de reconocer ni apelar a esos desarrollos fundamenta­les, el tercer capítulo, “Pensar la Historia de la Lectura ‘de otro modo’”, propone excederlos y, así, trascender las dimensiones de análisis actuales para explicar el fenómeno de la lectura desde perspectivas novedosas. Al recuperar relatos sobre el entramado de representaciones y prácticas, se escapa un elemento sin el cual no es posible su comprensión acabada: la “imaginación lúdica”. Es decir, aun cuando en todo acceso a la cultura escrita participan por igual lo estrictamente racional, la imaginación y la capacidad de juego, es una deuda pendiente de la Historia de la Lectura reparar en la influencia de estos últimos factores. Del mismo modo, si la indagación refiere a las respuestas de los lectores, a sus cómo y porqués, es igualmente admisible la pregunta por otras articulaciones entre ellos y los textos que consultan. El “mundo de los conceptos”, por citar una de esas articulaciones postergadas, puede aportar al entendimiento de las cons­trucciones y alteraciones que la palabra impresa ocasiona en las explicaciones de la realidad formuladas y reformuladas internamente por cada lector o, en términos del propio Parada, “los conceptos que crean las palabras al ser leídas” (p. 76). Por otro lado, si se acepta la materialidad del libro como un producto cultural que opera de modo contundente en la subjetividad lectora, entonces es perentorio rescatar la clave de la “escenificación tecnológica” para dar cuenta de las modificaciones originadas con cada innovación técnica en los hábitos y conceptos de quienes leen. Nuevamente, la apertura hacia estas y las restantes “fugas heterodoxas” (p. 75) que se enuncian en la obra resultaría, desde luego, en el enriquecimiento, el progreso y la complejización de nuestros estudios; puede, incluso, conducir al desarrollo de un nuevo modelo teórico para la Historia de la Lectura. Con todo, persiste la dificultad práctica para conocer qué provocó la lectura en la vida de las lectoras y los lectores y, por extensión, continúa la imposibilidad de arribar a una definición última del campo.

Desde la delimitación conceptual que intenta en sus páginas iniciales, hasta los subsiguientes esfuerzos por abarcar paisajes desatendidos y perspectivas de análisis originales, Lectura y contralectura reafirma a la Historia de la Lectura como un enigma latente que, sin embargo, no está exento de certezas vitales: si todo empeño por reponer las escenificaciones lectoras pretéritas se circunscri­be “al detalle enumerativo de sus elementos constituyentes” (p. 93); entonces, cada una de las actuaciones recomendadas —aunque no sean definitivas ni las últimas— tienen sentido en tanto coadyuvan a captar esa aspiración “del todo” tan necesaria, a su vez, para lograr un sustento disciplinar de base compartida. En América Latina, allí donde se afincan con especial énfasis las reflexiones del autor, esta situación se configura de manera particularmente desafiante. Los paradigmas tradicionales del campo, que dieron forma a las primeras contri­buciones en la materia, tuvieron en nuestro territorio una recepción desigual y tardía —que apenas se remonta a fines del siglo xx—. Si bien las últimas décadas sumaron investigaciones de relevancia, nuestra trayectoria heurística actual no admite siquiera una lectura panorámica e integral de la Historia de la Lectura en Latinoamérica, lo que sin dudas obstaculiza el paso hacia la instancia supera­dora que implica su contralectura. Por consiguiente, queda abierta la invitación del ensayo final a llevar a cabo esa historia regional pospuesta a través de un programa que, desde el diálogo entre los aportes teóricos clásicos y las nuevas articulaciones en germen, logre consensuar la dispersión de aproximaciones existentes y, al mismo tiempo, se ocupe de completar las más elementales áreas de vacancia que aún impiden la restitución de nuestra identidad lectora.

Notas

La presente reseña se desarrolla en el marco del Proyecto tetra anual de Investigación y Desarrollo H900 “Perspectivas en torno a las colecciones: editoriales, bibliotecas y lectorados en Argentina (1800-1955)”, radicado en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de La Plata y dirigido por la Mg. María Eugenia Costa y el Dr. Javier Planas.


Resenhista

Ayelén Dorta – Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas Universidad Nacional de La Plata La Plata, Argentina [email protected]


Referências desta resenha

PARADA, Alejandro E. Lectura y contralectura en la Historia de la Lectura. Villa María: eduvim, 2019. 120p. Resenha de: DORTA, Ayelén. Anuário Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Bogotá, v.48, n.2, jul./dic., 2021. Acessar publicação original [IF]

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