La circulación de impresos en América Latina: del relativo aislamiento a una maraña de circuitos internos | Anuário Colombiano de Historia Social y de la Cultura | 2021

Desde los pioneros trabajos de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin, pero sobre todo a partir de las investigaciones y reflexiones de Roger Chartier y Robert Darnton, que abrieron senderos teóricos y metodológicos precisos en el proceso de afirmación y expansión de la nueva historia cultural, el interés de los historiadores por la circulación de libros e impresos ha ido en aumento. El modelo del circuito de la comunicación, propuesto por Darnton en 1982, fue especialmente estimulante. A pesar de las críticas recibidas y de la posterior aparición de modelos alternativos, el formulado por el historiador norteamericano se convirtió en un pilar para la historia contemporánea del libro.[1]Al recalcar la necesidad de atender los tres estadios elementales del ciclo de vida de los libros, producción, circulación y recepción, el circuito de la comunicación permitía apreciar estos materiales en su doble naturaleza, cultural y económica, así como evidenciar su dimensión social al relevar el largo y heterogéneo conjunto de actores detrás de su concepción, difusión y usos finales. En otras palabras, el constructo darntoniano favorecía, más allá de sus límites, la puesta en tensión de la autoría, el lugar especial de los mediadores y las mediaciones (encuadernadores, tipógrafos, impresores, almacenistas, proveedores, vendedores, contrabandistas, etc.), del trabajo del editor, y el peso de la lectura como práctica que, aunque concebida como última instancia, no dejaba de repercutir de nuevo sobre el ciclo mismo.

Un ensayo posterior, publicado en 1987 y dedicado a los intermediarios olvidados de la literatura, ahondaría en la importancia de abordar el problema del libro y su circulación más allá de los grandes hombres y títulos que suelen estructurar la historia de la literatura y de las ideas.[2] Se trataba, para Darnton, de entender que la literatura responde a un sistema en el cual participan numerosos agentes, que arriesgan capitales en el proceso de distribuir libros, y gastan mucho tiempo haciendo negocios o abriéndose paso entre fronteras políticas y lingüísticas para seducir lectores y formar clientelas. Esto último permite subrayar un elemento quizás obvio, pero que ayuda a percibir mejor la importancia que para la historia del libro tiene el estudio de intermediarios como los libreros o distribuidores: nos referimos a su movilidad. En efecto, son ellos quienes se desplazan de un lugar a otro, quienes esquivan accidentes geográficos, coordinan redes y acuerdos, o incluso deben, en contextos restrictivos, violar leyes y eludir autoridades para garantizar el éxito, menor o mayor, de sus empresas. Dicho de otro modo, son actores cuyas historias patentan que el problema de la circulación es también un problema de espacialidad.

Los estudios dedicados a resolver cómo se desplazaban libros e impresos entre geografías distantes, mediante qué agentes, o por qué motivos, componen actualmente un grueso sustrato en el terreno de la historia del libro. Importan hoy los pequeños libreros comisionistas que se encargaron de difundir la filosofía ilustrada entre grandes y pequeñas villas centroeuropeas, grandes transportistas como aquellos mercaderes involucrados en la carrera de Indias y especializados en entregas transatlánticas, y también los menos conocidos agentes que mediaban o estimulaban el tráfico de libros manuscritos a través del Sahara. Incluso la más reciente atención a microespacios del libro, como las primeras urbes universitarias o industriales que vieron la gradual multiplicación y especialización de los agentes del libro y, con ello, el ascenso de calles o distritos gráficos, constatan la importancia de la perspectiva espacial en el estudio de la circulación de los impresos, así como en el de su producción y recepción.

La historia del libro en América Latina no ha sido parte ausente en esta avanzada. Las travesías transatlánticas de libros y bibliotecas, rastreables desde las primeras incursiones conquistadoras europeas, han sido estudiadas con relativa exhaustividad desde hace décadas. En menor medida, el movimiento e instalación de imprentas e impresores en las principales ciudades del territorio americano también ha representado un tema de interés, tanto por su importancia en términos de gobierno como por lo que esta transferencia de tecnología supuso para la afirmación de una cultura impresa urbana. Si bien sus capacidades fueron inicialmente leves, las imprentas instaladas en ciudades como México (1539), Lima (1584), Santafé de Bogotá (1738), o Buenos Aires (1764), por solo mencionar algunas ciudades importantes de la región, otorgaron otra complejidad a sociedades que, si bien podían estar ya familiarizadas con los impresos, contaban ahora con los medios para producir y recircular in situ hojas y trabajos religiosos, políticos, científicos o informativos más próximos a sus necesidades e intereses.

Como también lo constatan las historias nacionales del libro y la edición publicadas en Brasil, Chile o Colombia, la circulación transatlántica de tipógrafos, libreros, editores y tecnologías de imprenta, pero también de libros, colecciones y bibliotecas, dio forma a varias capitales latinoamericanas entre los siglos XIX y XX, una vez ayudó a cimentar circuitos libreros y gráficos, provocó saltos cualitativos en la producción impresa e incidió en la extensión de las prácticas lectoras.[3] De esta manera, la historia del libro en América Latina no solo participaba, a su ritmo, de la evolución de la historia del libro en el mundo occidental, sino que reafirmaba una de sus características base: su condición movediza.

El reciente giro espacial ha permitido reafirmar este rasgo. No cabe duda de que los planteamientos de las historias conectada, transnacional y global, interesadas en el estudio de lazos e intercambios transfronterizos, los movimientos masivos de saberes, bienes y personas, o la construcción de identidades plurales, entre otros fenómenos, han enriquecido los estudios dedicados al libro. A pesar de que su impacto no ha representado un vuelco radical para una disciplina donde los marcos geográficos tendían a ser ya muy flexibles, sí ha ayudado a precisar aquellos temas y problemas donde la mirada conectada o transnacional no solo es valiosa sino ineludible en términos de análisis. En un ensayo próximo a cumplir diez años, Martyn Lyons y Jean-Yves Mollier identificaron cuatro dominios que, a su juicio, venían dando forma al programa de una historia transnacional y transcultural del libro, a saber: las traducciones, las transferencias culturales entre centros y periferias, el derecho internacional y las organizaciones transnacionales, y las multinacionales de la edición.[4]

Ciertamente, cualquier mirada a la más reciente historia del libro escrita en la región -o vinculada a ella- demuestra la articulación con alguno de estos dominios y permite observar el impacto del giro espacial en numerosos proyectos de investigación. Así, por ejemplo, el interés por las traducciones y, en general, por la traducción como práctica, viene acercando cada vez más las historias de la edición y de los intelectuales, revitalizando el estudio de proyectos revisteriles o editoriales donde el ejercicio traductor fue determinante para sustentar o afirmar nuevas ideas.[5] Aunque mucho menos estudiados, los efectos de programas globales por el libro y la lectura, como los apoyados por la Unión Panamericana o la UNESCO, empiezan a abrirse un camino, denotando la importancia de examinar el lugar de lo impreso en las relaciones internacionales y las políticas de cooperación.[6] El interés por las multinacionales de la edición abarca, en contraste, varias décadas de desarrollo. Desde el momento parisino de la segunda mitad del siglo XIX, hasta la “reconquista” de las editoriales españolas en el siglo XX y el ascenso de los grandes conglomerados, la historia de los centros neurálgicos de la edición en castellano y de la ida y vuelta de capitales económicos y simbólicos constituye una de las áreas de investigación más estables.[7] El dominio asociado a las transferencias culturales reporta igualmente un cierto auge, tanto por la pluralidad de asuntos que permite agrupar -literarios, artísticos, tecnológicos, científicos, etc.- como por su interés en analizar los agentes y dinámicas que favorecen las transferencias.[8]

Una particularidad que subyace a estos dominios nos permite introducir ahora un elemento crítico y, con él, la orientación general del presente dossier. Se trata del carácter desigual de muchos de los intercambios y transferencias que históricamente han conectado espacios y agentes del libro de ambos lados del Atlántico. Para ser claros, los dominios en los que se manifiesta la historia transnacional del libro suelen evidenciar jerarquías que remarcan la situación periférica de la región frente a Europa o los Estados Unidos. Aun teniendo en cuenta los estudios que demuestran la existencia de reciprocidades, la perspectiva transatlántica suele presentar la región como una geografía particularmente receptora. No se trata aquí de pedir a los investigadores que esquiven un fenómeno verificable ni tampoco de renegar de aquellos estudios que han permitido reconstruir, de forma sobresaliente, la larga serie de interacciones que, como se ha dicho, impactaron sobre la historia del libro continental y ayudaron a delinear las culturas locales de lo impreso. Lo que interesa señalar es que la concentración sobre este escenario ha ido en desmedro del estudio de aquellos circuitos internos o propios al espacio cultural americano, de manera que hoy tenemos más claro cómo circulaban libros, impresos y otros bienes culturales entre Barcelona y México, o entre París y Río de Janeiro, que entre San José y Quito o entre Buenos Aires y La Paz.

Así, pues, los artículos que integran este dossier sitúan el problema de la circulación en un espacio distinto al acostumbrado. Nunca desconectado de las redes atlánticas, este se presenta, empero, como uno mayoritariamente terrestre, atravesado por extensos desiertos, sistemas cordilleranos, enormes selvas y poderosos ríos, y que patenta, por lo mismo, una complejidad que ha impuesto límites al desarrollo de las comunicaciones y las economías. No son pocas las crónicas que ven en la accidentada geografía americana el principal obstáculo para la apertura de rutas comerciales y la ruptura definitiva del aislamiento intelectual, situación esta última que, según no pocos observadores, iba en contra del establecimiento de relaciones fraternas entre pueblos que compartían un pasado y una lengua común, pero también de la posibilidad de crear un mercado del libro regional. A propósito de la posición meramente consumidora de Hispanoamérica frente a los libros producidos en España y Francia, el editor colombiano Juan Ignacio Gálvez señalaría en 1913, y ante el público del Ateneo de Santiago de Chile, la necesidad de “declarar una doctrina Monroe literaria: nuestros mercados para nuestros libros”.[9]

Más allá de las percepciones sobre la incomunicación intelectual y las fórmulas pensadas para su superación, los avances recientes de la historia cultural e intelectual en nuestro medio han puesto de manifiesto que el intercambio entre diferentes ciudades y villas de la región, así como entre distintas comunidades de conocimiento vinculadas en un sentido amplio con la república de las letras, fue más o menos regular en materia de bienes culturales y, en especial, de impresos como periódicos, libros, folletos, revistas, poemarios, cartillas, cancioneros, entre otros. Como lo demuestran varios de los artículos aquí presentados, estas experiencias de relacionamiento desafiaron la complejidad topográfica y fueron in crescendo a medida que la modernización de los transportes y sistemas de comunicación atacaban el relativo aislamiento de muchas localidades, facilitando progresivamente la apertura de nuevos canales de vinculación comercial e intelectual.

Buscando avanzar en el conocimiento de los proyectos, mecanismos y actores que favorecieron la circulación de ideas, saberes, literaturas e informaciones entre diferentes espacios del mapa latinoamericano, este dossier reúne una serie de resultados de investigación que se articulan, en lo fundamental, por su interés en examinar los procesos de conexión transnacional mediados por libros e impresos, los impactos de las tecnologías de comunicación en su desarrollo y el papel de diversos agentes e instituciones en la construcción de puentes de intercambio y comercio librero; todo para un periodo que se extiende desde mediados del siglo XVIII hasta la segunda mitad del siglo XX y que manifiesta, por lo mismo, toda suerte de mutaciones políticas, económicas y socioculturales.

Como podrán corroborar los lectores, las formas de circulación libresca aquí estudiadas ponen en tensión los modelos analíticos existentes. En virtud tanto de la geografía en la cual se movieron libros e impresos, como por las dinámicas propias de los diversos contextos, resulta difícil vislumbrar el circuito darntoniano de la comunicación funcionando eficazmente. Por el contrario, lo que vemos es una variedad de circuitos alternativos, en los que pueden situarse agentes “olvidados” en la apertura de caminos para los libros. Este es el caso del artículo de Fabián Vega, quien, en su interés por analizar la circulación de libros en el Paraguay y Río de la Plata en la medianía del siglo xviii, delinea un circuito expandido, confeccionado por el trabajo de los procuradores jesuitas, agentes responsables de una política de transferencia que combinaba la edición, el comercio y la distribución de libros en un mapa que conectaba urbes europeas con villas interiores suramericanas.

Si avanzamos hasta el siglo XX, el artículo de Horacio Tarcus también demuestra la inestabilidad de los modelos al momento de reconstruir la trayectoria de una publicación emblemática, como el Manifiesto comunista, en un país como Chile, que atestiguó una temprana organización y politización de su movimiento obrero. Al igual que muchos otros libros propios del mundo de las izquierdas, la producción, reproducción y circulación del Manifiesto en el país austral fue intermediada por agentes locales y foráneos comprometidos que, ante todo en los momentos de mayor persecución a los partidos de izquierda, contaban con la capacidad de crear canales informales para recircular obras. Una situación que solo cambió radicalmente durante el gobierno de la Unidad Popular, donde obras como la de Marx y Engels pasaron a integrar el proyecto editorial estatal que fue Quimantú.

También asentado en el siglo XX, el artículo de Francisco Joel Guzmán analiza las estrategias implementadas por la sucursal argentina del Fondo de Cultura Económica para fortalecer su posición en la región.

La particularidad de este episodio, ocurrido en la época dorada de la edición continental, permite aproximarse a las visiones empresariales que dominaban por entonces el ejercicio editorial y que se encarnaban en apuestas por la distribución transnacional a gran escala y el establecimiento de convenios operativos. Más allá del éxito de estos procesos, este trabajo brinda la ocasión de examinar la singular conexión entre dos polos inestables en el proceso de afirmación del campo editorial continental, pero que lograban articularse a partir de preocupaciones similares en torno a la circulación internacional de las ideas.

Retrocediendo a un momento de germinación de los espacios editoriales, como fue el fin del siglo XIX, el trabajo de Juan David Murillo Sandoval analiza cómo el más ambicioso proyecto editorial formulado en su época, la colección Poetas Hispano-Americanos del librero y editor colombiano Lázaro María Pérez, buscó alcanzar el éxito sustentándose en una vasta red de agentes corresponsales que se extendía por toda América, varias ciudades europeas y hasta con las Filipinas. No obstante, la débil salud de Pérez, el costo del proyecto y un plan de distribución que dependía menos de los libreros que de letrados reputados, pero asimismo inhábiles en materia comercial, determinarían el fracaso de la iniciativa. Este caso, ejemplo de los límites existentes para el comercio de libro a gran escala en el continente, revela, a su vez, la preeminencia de la sociabilidad letrada por sobre la librera o “profesional” a la hora de planificar proyectos editoriales transnacionales.

Otros artículos de este número se distancian parcialmente de la circulación para centrarse en sus impactos. Este es el caso del dedicado a la donación de Manuel Ancízar a la Biblioteca Nacional de Colombia a finales de la década de 1840. Realizado por un equipo de investigación interdisciplinar conformado por Juan Pablo Arango, Javier Ardila, Isabel Cristina González, Diana Monroy y Óscar Yesid Zabala, este trabajo presenta la historia de las bibliotecas como una historia de transferencias, rasgo que remarca su carácter preservativo y recirculador. En un momento de tensiones por la construcción estatal, la donación de un hombre político como Ancízar no solo acentuó la imagen de la Biblioteca Nacional como un lugar del saber propicio para el acto de civilidad que implicaba la donación de bibliotecas personales, sino que expuso las carencias de la todavía infanta institucionalidad colombiana.

Ubicado en el mismo periodo, el artículo de Olga Rodríguez Bolufé nos traslada a Cuba para examinar el itinerario artístico del oficial español Víctor Patricio de Landaluze a mediados del siglo XIX. Parte del poder colonial en la isla, la figura de Landaluze se eleva como la de un artista comprometido con el discurso antiabolicionista del régimen, una suerte de litógrafo orgánico que con su producción artística buscó representar a la población negra cubana como una comunidad alegre en su condición esclava. Ahora bien, la serie de repertorios creados por el artista de origen vasco y difundidos por Europa no solo afirmarían, nos cuenta la autora, la posición de España frente a la esclavitud, sino que sembrarían una imagen retórica de la racialidad que va a convertirse luego en componente esencial de la cubanidad. Al igual que en otros lugares y tiempos, la producción y circulación de imágenes a nivel transatlántico tuvo menos el propósito de animar relaciones o intercambios culturales, que contribuir al reforzamiento de objetivos políticos y la socialización y normalización de estereotipos.

Este último aspecto también se destaca, bajo otro ropaje, en la contribución de Eliza Mitiyo Morinaka, quien analiza el papel del Departamento de Estado de los Estados Unidos y de instituciones privadas como la Fundación Rockefeller, la American Library Association y el American Council of Learned Societies, en el fortalecimiento de las relaciones culturales entre el país norteamericano y Brasil. Situado en las décadas de 1930 y 1940, la autora releva la articulación de todas estas instituciones para combatir las posturas antiamericanas y fijar una opinión favorable a los Estados Unidos. A la manera de una diplomacia por el libro, la acción conjunta de estas entidades favoreció la traducción y circulación de obras de administración pública y ciencias políticas y sociales con las que se buscaría seducir a la intelectualidad brasileña e influenciar los debates políticos.

Los estudios aquí reunidos relevan un último aspecto que enlaza con el avance en las tecnologías de comunicación y su trascendencia para la construcción de nuevas redes de circulación de libros y lecturas. El artículo de Mariana Thompson Flores y José Martinho Remedi, encauzado al análisis comparado de la circulación internacional de las noticias sobre desafíos y duelos, así como de los manuales de caballerosidad sobre los que esta práctica se sustentaba, documenta la modernización del quehacer periodístico desde comienzos del siglo XX, pero asimismo la elevada mediatización tomada por estas prácticas de cuidado y defensa del honor en las capitales suramericanas. Como explicitan los autores, la rápida circulación de estas noticias, a través de conexiones telegráficas que facilitaban su seguimiento a nivel transnacional, era parte esencial de la misma cultura del duelo y, en general, del vigor tomado por los valores burgueses, atados en muchos escenarios a la propia vida periodística.

Desde una perspectiva no tan casuística, pero no por ello menos relevadora de los cambios en la velocidad y economía de los contactos entre los siglos XIX y XX, el artículo de Lila Caimari se asienta sobre la infraestructura de correos bonaerense, su rápida apropiación por parte de la sociedad porteña y lo que la línea ferroviaria hacia Mendoza, y de allí hacia Chile y el Pacífico -viejo sueño de las élites chilenas y argentinas-, significó para la agilización de los intercambios transandinos. Como subraya esta autora, su trabajo ilumina las condiciones de posibilidad que sostuvieron numerosas empresas de conexión librera durante dicho periodo, cuando se privilegió no solo a la carta como material histórico de comunicación, sino también al libro, al folleto y los pequeños y grandes periódicos literarios, políticos e informativos cuya cada vez más rápida producción y circulación empapelaba la vida cotidiana atlántica, bonaerense y chilena.

En síntesis, tanto en sus especialidades como en su conjunto, los artículos de este dossier ayudan a sustentar, por un lado, que la siempre difícil geografía latinoamericana estuvo más conectada de lo que se cree. Gracias a los procuradores jesuitas, artistas litógrafos, libreros, editores militantes y a las grandes empresas editoriales, pero asimismo a las donaciones bibliográficas, la institucionalidad “imperial” estadounidense, las agencias y oficinas periodísticas, y los primeros sistemas postales, una parte importante de la sociedad latinoamericana hizo parte del fenómeno de angostamiento del mundo, derivado de la mayor velocidad en la producción y diseminación de libros e impresos.

Por otro lado, estos trabajos exponen las múltiples maneras en que la historia del libro producida en la región, en su más amplia acepción, viene absorbiendo y orientando el impacto del giro espacial. No cabe duda de que hoy la historia del libro se plantea más que nunca como una historia en movimiento. Dada esta condición, historiadores como Daniel Bellingradt y Jeroen Salman, especialistas en la temprana modernidad europea, observan que, para encausar mejor este atributo, la disciplina precisa menos de modelos rígidos que del análisis de la interacción entre tres conceptos que permean toda cultura del libro y cuyo tratamiento ha logrado enriquecer teórica y metodológicamente la investigación: sociabilidad, espacialidad, y materialidad.[10] Aunque su acento haya estado en apenas uno de ellos, creemos que este dossier resulta expresivo de la interacción entre dichos conceptos, así como del valor de este ejercicio, no siempre consciente, para avanzar hacia una historia conectada, transnacional o simplemente común del libro en América Latina.

Tema libre

En nuestra sección de tema libre contamos con dos fascinantes trabajos dedicados a la Colonia. El primero de ellos, escrito por Lorena Rodríguez, explora la reestructuración del territorio muisca en la segunda mitad del siglo XVI. El segundo, de Orián Jiménez, nos acerca a los conflictos que surgieron alrededor de la fiesta de la Candelaria en Medellín entre 1630 y 1800. Aquellos interesados en las izquierdas y el siglo XX también encontrarán investigaciones de gran interés en los escritos de Andrés Caro y Sandra Jaramillo, quienes discuten, respectivamente, el papel de socialistas y comunistas en el campo tipográfico colombiano (1920-1932) y la actividad política e intelectual de la Nueva Izquierda colombiana en la década de 1960.

COMITÉ DE REDACCIÓN

Notas

1. Este artículo, “What is the History of Books?”, se publicó por primera vez en Daedalus 111.3 (1982): 65-83. Más de dos décadas después de su publicación, Darnton revisitó su texto y escribió “‘What is the History of Books?’ Revisited”, Modern Intellectual History 4 (2007): 495-508. Versiones en español de estos artículos se pueden consultar en Prismas. Revista de Historia Intelectual 12.2 (2008): 135-155 y 157-168, respectivamente.

2. Robert Darnton, “Los intermediarios olvidados de la literatura”, El beso de Lamourette: reflexiones sobre historia cultural (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2010) 147-163.

3. Ver, a propósito, Bernardo Subercaseaux, Historia del libro en Chile. Alma y cuerpo (Santiago: LOM Ediciones, 2000); José Luis de Diego, dir., Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000 (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006); Aníbal Bragança y Márcia Abreu, orgs., Impresso no Brasil. Dois séculos de livros brasileiros (São Paulo: UNESP, 2010); Alfonso Rubio y Juan David Murillo Sandoval, Historia de la edición en Colombia, 1738-1851 (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 2017).

4. Martyn Lyons y Jean-Yves Mollier, “L’histoire du livre dans une perspective transnationale”, Histoire et civilisation du livre. Revue internationale 8 (2012): 9-20.

5. Andrea Pagni, Getrudis Payàs y Patricia Willson, coords., Traductores y traducciones en la historia cultural de América Latina (Ciudad de México: UNAM, 2011).

6. Un trabajo clave, que espera todavía su traducción al castellano, es el de Christina Lembrecht, Bücher für alle: Die UNESCO und die weltweite Fõrderung des Buches 1946-1982 (Berlín-Boston: De Gruyter, 2013).

7. Baste aquí referir, como gran caso ilustrativo, al proyecto Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) EDI-RED, iniciativa de investigación internacional e interdisciplinar liderada por Pura Fernández.

8. Ver, por ejemplo, Laura Suárez de la Torre y Lise Andries, coords., Impressions du Mexique et de France / Impresiones de México y de Francia (París-Ciudad de México: Éditions de la Maison des Sciences de L’homme / Instituto Mora, 2009). La plataforma digital Transatlantic Cultures, creada por un equipo de investigación franco-brasileño, ha dedicado un tópico completo al lugar del libro y la edición en el espacio atlántico. Ver https://tracs.hypotheses.org/category/project-overview.

9. Unión Intelectual Latino-Americana. Conferencia dada en el Ateneo de Santiago por el escritor colombiano Dn. Juan Ignacio Gálvez (Santiago de Chile: Imprenta Universitaria, 1913) 20.

10. Daniel Bellingradt y Jeroen Salman, “Books and Book History in Motion: Materiality, Sociality and Spatiality”, Books in Motion in Early Modern Europe, eds. Daniel Bellingradt, Paul Nelles y Jeroen Salman (Cham: Palgrave Macmillan, 2017) 1-1


Editores

Juan David Murillo Sandoval – Instituto Caro y Cuervo.

Aimer Granados – Universidad Autónoma Metropolitana.


Referências desta apresentação

SANDOVAL, Juan David Murillo; GRANADOS, Aimer. La circulación de impresos en América Latina: del relativo aislamiento a una maraña de circuitos internos. Anuário Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Bogotá, v.48, n.2, jul./dic., 2021. Acessar publicação original [IF]

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