En el mar Austral. La historia natural y la explotación de la fauna marina en el Atlántico Sur | Susana García

Este libro está dedicado a los emprendimientos humanos y a la historia natural de las islas y las costas del sur del Atlántico americano, entre fines del siglo XVIII y comienzos del XX. Su escenario son los océanos y los mares, las islas y las costas. Las islas no pensadas como desprendimientos del continente; las aguas no solo como soportes de la navegación. Su editora, Susana García, es licenciada en antropología y doctora en Ciencias Naturales por la Universidad de La Plata. Además, es investigadora de Conicet, en el Archivo Histórico del Museo de La Plata. El libro pertenece a la colección Historia de la Ciencia, de la editorial Prohistoria, dirigida por Irina Podgorny. Estos datos me parecen clave para captar las propuestas renovadoras que incluye la obra.

En el epílogo, el historiador Federico Lorenz advierte que el sentido común de las y los investigadores está determinado por su condición de animales terrestres. Por eso, pensar en un libro que tenga como objeto de estudio y escenario principal, como anuncia su título, el mar austral, es un regalo, una invitación y un desafío. Regalo e invitación a ser seducidos por el sonido del oleaje y el rugir del viento frío que emergen de sus historias; y desafío, ya que considera que las investigaciones incluidas aquí exigirán una revisión de las miradas actuales acerca de los espacios interoceánicos y los agentes que transitaron en él, sobre todo durante el siglo XVIII y XIX, e incluso antes y después. La perspectiva elegida para renovar los estudios sobre el Atlántico Sur es la sociocultural, que vuelve impotente e inoperante cualquier límite político y se centra en las prácticas, los móviles, las experiencias compartidas de quienes formaron parte de la cultura ballenera de ese período.

Compuesto por una introducción, siete capítulos (escritos por diferentes investigadoras e investigadores, provenientes de diferentes campos de estudio y de acción) y un epílogo, el hilo rojo que los une lo hace a través de planteos que rompen con el modo en que se había estudiado esta región hasta el momento, bajo la épica de las travesías expedicionarias, movidas únicamente por motivos políticos o en búsqueda de aventuras viajeras. Fueron razones económicas y comerciales las que llevaron a los europeos a ocupar desde el siglo XVIII sistemáticamente ese espacio austral. A mediados de ese siglo, las necesidades emergentes con la Revolución Industrial (como aceite de ballena o espermaceti de cachalote), como el agotamiento de bancos de ballenas en el Norte y la independencia de las trece colonias, dieron lugar a la expansión de tráfico ballenero hacia el sur. En la Patagonia, las costas de Malvinas y otras islas del Atlántico Sur fueron ocupadas con fines comerciales, convirtiéndose en zonas de aprovisionamiento y resguardo de los barcos balleneros. Fue la explotación de las fieras de grasa, no solo la ballena, sino los productos derivados de cetáceos y pinnípedos en general, la que dinamizó la exploración y la ocupación de zonas que no estaban demasiado presentes en las agendas de los poderes coloniales. Hacia 1870, la caza de ballenas se extendió al sur del ecuador, hacia el Océano Meridional y hacia el Gran Mar del Sur. La pesca del Sur, incentivada sobre todo por Francia e Inglaterra, configuró gran parte del Atlántico Sur. Fue primero la industria ballenera, y no la expansión territorial de las potencias coloniales, la punta de lanza que ayudó a configurar lo que hoy conocemos como Atlántico Sur. Fueron los agentes comerciales, armadores, capitanes balleneros y loberos, náufragos, tripulantes en general, quienes definieron rutas de navegaciones, conectaron continentes y diferentes formaciones políticas, circularon junto a informaciones y objetos, y formaron establecimientos humanos en la zona.

Ante la mala prensa que hoy día tiene la caza de ballenas1, el esfuerzo está puesto en pensar históricamente y tener en cuenta que fue el aceite de ballena el que iluminó y movió al mundo en los siglos XVIII y XIX, antes de la aparición del petróleo y sus derivados. Es necesario despojarse de los valores de este presente para comprender su papel en las dinámicas de la construcción del comercio global. La escala de esta actividad configuró una geografía muy diferente a la actual, plantada en el océano no solo como lugar de tránsito sino también como contenedor de los más apreciables productos: barbas de ballenas, utilizadas para paraguas, bastones y corséts; espermaceti de cachalote que funcionaba como lubricante de relojes, marcando el ritmo de los nuevos tiempos; piel de foca y de nutria, muy apreciadas en China. En este escenario, diferentes puntos del mundo se contactaron: Cabo Verde, Nueva Inglaterra, Azores, Malvinas. Todos ellos fueron condenados al aislamiento con la apertura del canal de Suez (1896) y el Canal de Panamá (1914), al anularse los pasos interoceánicos del Cabo de Buena Esperanza y Estrecho de Magallanes. Ese persistente y silencioso aislamiento obtura a simple vista la posibilidad de pensar que alguna vez formaron un circuito. Este libro en su conjunto es una invitación a trazar y analizar las rutas de esos tiempos y no las actuales.

Este trabajo se inscribe en una línea de investigación que concibe a la historia de la ciencia desde la materialidad de las prácticas de los agentes y no desde las ideas. No se centra en las academias ni en los ilustres personajes sino en el estudio de múltiples espacios de producción de conocimiento, dinamizados por agentes involucrados en una sociabilidad común, la cultura ballenera en este caso, desde donde se tendían redes, circulaba información, saberes prácticos y objetos. La ciencia es entendida como empresa colectiva. Estos agentes construyeron un saber empírico sobre las regiones y las prácticas relacionadas a esta actividad, que a su vez contribuyó a moldear el saber científico sobre él. Tanto capitanes, pilotos, armadores, pescadores, recopilaron por distintas vías información útil. Esta circulaba a través de nodos: fondas, barcos, puertos, casas consignatarias. Los balleneros no guardaban celosamente la información que obtenían, sino que por el contrario la compartían. La patria de los agentes balleneros era el salario o la prima y no un país determinado. Por ende, las compañías balleneras deben ser estudiadas como estructuras no atravesadas por la nacionalidad, sino por intereses materiales o incluso familiares. Uno de estos nodos fue el archipiélago malvinense, que actuó como punto de recalada y aprovisionamiento para naves, sitio para firmar tratados, relevar flora y fauna regional, rescatar náufragos.

A la dificultad metodológica que supone la clasificación de los archivos a partir de criterios nacionales por un lado y terrestres, por el otro, los y las investigadores han opuesto la búsqueda de fuentes en repositorios de diferentes países y el análisis encarado a través del prisma de la circulación como premisa: las unidades de análisis no pueden ser locales. Se plantea que el océano, al igual que el capitalismo, es solo uno. Por ende, se propone un diálogo entre las escalas de análisis local, regional y global. Articular, a través de las dinámicas comerciales, espacios transnacionales. La futilidad de las fronteras políticas queda evidenciada por la movilidad y distribución de los animales marinos. Los repositorios consultados evidencian la variedad de fuentes elegidas: museos marítimos de París y Londres, colecciones de museos sobre historia natural, diarios de viajeros, diarios de sanidad, cuadernos de bitácora del capitán, además de literatura de ficción e informes de científicos, prensa gráfica y fotografía.

Más específicamente los temas de los capítulos tratan acerca de la geografía que se configuró al calor del comercio ballenero, su carácter global, rutas de navegación y comercio, el papel de los agentes balleneros, pero también el impacto sobre la flora y fauna de los lugares ocupados. Las expediciones con fines comerciales y científicos, con sus consiguientes clasificaciones zoológicas y botánicas y sus discusiones acerca del derecho de explotación de esos que pronto se convertirían en recursos, vistos desde las teorías liberales del naciente capitalismo. Junto a las colecciones museológicas a las que dieron lugar, todo ese saber empírico, extraído de la necesidad práctica, comienza a ser incorporado como valor legítimo por la ciencia de siglo XIX y XX. La comercialización de la naturaleza fue la que moldeó las clasificaciones sobre las fieras de grasa que aún siguen vigentes y le dio forma al espacio que hoy se reconoce como Atlántico Sur.

Nota

1 En 1986 la Comisión Ballenera Internacional (CBI) aprobó una pausa en la caza comercial de todas las especies balleneras. La pausa se extendió indefinidamente y se la conoce como “Moratoria de la caza de ballenas”. Noruega e Islandia son los países que bajo objeción y reserva a la moratoria, establecen sus propios límites de captura en sus zonas económicas exclusivas. Desde la puesta en vigencia de la moratoria entre ambas naciones han cazado más de 15.000 ballenas. Japón, que a pesar de haber aceptado la moratoria durante años, llevó adelante la «caza científica» encubriendo sus fines comerciales. En el 2019, abandonó la CBI, al rechazarse su propuesta de levantar la moratoria y continúa cazando en sus aguas territoriales. Fuente: ¿Por qué respetar la vida de las ballenas? – Instituto de Conservación de Ballenas.


Resenhista

Josefina Artusa – Universidad Nacional de Rosario- CEHISO, Argentina.


Referências desta Resenha

GARCÍA, Susana V. (Ed.). En el mar Austral. La historia natural y la explotación de la fauna marina en el Atlántico Sur. Rosario: Prohistoria, 2021. Resenha de: ARTUSA, Josefina. Autoctonía. Revista de Ciencias Sociales e Historia, v.7, n.1, p. 632-636, ene./jun. 2023. Acessar publicação original [DR]

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