Historia del despojo. El origen de la propiedad particular en el territorio mapuche | Martín Correa Cabrera

Martin Correa Cabrera Imagem El Ciudadano
Martín Correa Cabrera | Imagem: El Ciudadano

“Tras la historia del despojo –escribe Rodrigo Curipán Levipan, werken del lof Rankilko, en el prólogo del libro de Martín Correa Cabrera, Historia del despojo. El origen de la propiedad particular en el territorio mapuche– duerme escondida una verdad que pocos se atreven a mirar de frente y profundizar en los hechos para entender el mal llamado ‘Conflicto Mapuche’”.

Es esta verdad la que una vez más Martín Correa comparte con sus lectores con nuevos antecedentes que demuestran como el pueblo mapuche ha sido violentado y despojado de sus tierras, causándole altos niveles de pobreza y, en general, un atraso a toda la región de la Araucanía. La negación del Estado de reconocerlo como pueblo-nación –señala el autor– es uno de los principales obstáculos del cual se derivan otros, como la imposibilidad de recuperar las tierras usurpadas, la falta de autonomía y la demanda de control territorial, que impiden iniciar un diálogo que conduzca a la paz.

Todo habría empezado hace 170 años, cuando la elite que conducía al Estado decide invadir su territorio. Para lograrlo se diseñó una estrategia que inicialmente contempló dos etapas. La primera consistió en elaborar un estereotipo del mapuche que justificara la ocupación de su territorio; y, la segunda, simplemente invadirlo militarmente. Para lograr la primera, se presentó al mapuche como un pueblo de “barbaridad incorregible, que ultrajaba al país y entorpecía su desarrollo”. Recurriendo a sus propias investigaciones y a trabajos de otros historiadores, Martín Correa, explica como esta imagen inventada por la elite, se utilizó para mostrarlo como un enemigo de Chile al cual se le podía aplicar una violencia cuya legitimidad no admitía discusión. Una serie de decisiones adoptadas por los gobiernos de Montt y Pérez y el desplazamiento militar hacia el Wallmapu, se sostienen en una concepción que permitió la constitución de la gran propiedad particular en la Araucanía.

Lo ejemplifica el autor en lo ocurrido en el territorio lafkenche a través de varias haciendas que se constituyeron en la zona, recurriendo como caso emblemático al de la hacienda de Tranaquepe. Con documentos irrefutables, Correa da cuenta de un proceso que permitió el traspaso de tierras que antes pertenecía a los lof del sector a manos privadas.

En este sentido, también es ilustrativo el caso del comerciante vasco francés Pedro Etchepare, cuya compra de acciones y derechos territoriales mapuche dieron forma a las haciendas Antiquina, Lanalhue y al fundo Tranguilvoro. Todas sus operaciones se hicieron con la complacencia de las autoridades de gobierno, cometiéndose irregularidades que Correa detalla detenidamente. “En definitiva –concluye el autor–, así se constituyó la gran propiedad agraria en la Provincia de Arauco…el origen del latifundio contemporáneo, de la gran propiedad forestal actual y, con ello, de la demanda territorial mapuche, que se remonta hasta nuestros días”. Esto, porque a las antiguas familias despojadas solo se les adjudicó los remanentes territoriales dejados por la propiedad particular, quedando reducidos sus espacios a 4 hectáreas por radicado, obligándolos a abandonar la ganadería que practicaban recursos hídricos que terminó empobreciéndolos1.

Lo ocurrido en el territorio lafkenche se repitió en el territorio pehuenche, aunque con otros protagonistas. Concluida la invasión a la zona costera y de los llanos de las actuales provincias de Malleco y Cautín, en 1882, se inicia el ataque militar a la región cordillerana, territorio pehuenche, con el cual se cierra el proceso de ocupación militar del Wallmapu.

Martín Correa es explícito al relatar lo sucedido en la zona. “En un ambiente de persecución y militarización, la llegada al área de especuladores y personajes influyentes de la región se ve notablemente favorecida, resultando de esta alianza cívico-militar la apropiación de grandes extensiones territoriales de antigua ocupación y uso pehuenche, en concomitancia con los notarios locales y ante la ‘vista gorda’ de las autoridades chilenas”2.

A partir de este planteamiento, Correa analiza el despojo en el vasto territorio pehuenche del Alto Bio Bio marcando sus especificidades y lo que es común con el resto del territorio mapuche. Optó por hacerlo detallando lo que aconteció con cada una de sus comunidades.

Con respecto a lo que es común, se vuelve a repetir la concomitancia de las autoridades de gobierno, los terratenientes y los representantes del poder judicial. Constituyen la trilogía que tanto daño causó al pueblo mapuche. En lo particular, destaca el hecho que en este territorio pocos pehuenches hablaban castellano por lo que actuaban lenguaraces que aprovechaban esta situación en favor de los “especuladores de mala fe”. Este hecho fue denunciado anteriormente –señala Correa– por Ricardo Donoso y Fanor Velasco en el libro La Propiedad Austral, de modo que quienes se niegan a reconocer los abusos cometidos en el Wallmapu, ignoran situaciones que desde hace ya varias décadas han venido denunciando historiadores y otros cientistas sociales que abordaron el tema. El análisis que hace comunidad por comunidad, no hace sino confirmar las formas que adquirió la expropiación de tierras en la región.

Al referirse, en el capítulo siguiente, el tercero de su libro, a la radicación/reducción en Malleco y Cautín, el autor señala que en este caso la adquisición de acciones y derechos territoriales de los antiguos habitantes se hizo a través de remates, adjudicaciones y Concesiones de Colonización. Los primeros habrían sido parte de una estrategia de repartición territorial y ocupación del territorio para asentar y asegurar la soberanía del Estado chileno en este espacio. Sin duda, este era el sector de las mejores tierras, impenetrable hasta 1860, en poder del pueblo mapuche conforme a los parlamentos concertados con las autoridades coloniales y, de alguna manera, ratificados inicialmente por el Estado chileno.

Eran, además, donde la invasión iba a encontrar en Magnil y Kilapán la más firme resistencia.

Fue también donde con mayor fuerza recayó la violencia de las tropas chilenas, descritas crudamente por el propio Cornelio Saavedra en 1870. Fue la guerra a sangre y fuego que describieran los cronistas militares de la época, los lonkos de comienzos del siglo XX y una historiografía reciente, entre las cuales no se puede obviar la encabezada por toda una generación de jóvenes historiadores mapuche de la Araucanía y Santiago.

Este capítulo debe revisarse con atención. Lo ocurrido en esta parte del Wallmapu fue el que se destinó, preferentemente, a los inmigrantes europeos que el gobierno trajo desde el Viejo Continente. Es, además, en el cual, junto con algunos sectores costeros de Arauco, donde se ha concentrado la violencia que hoy afecta a la Araucanía. De allí la importancia que tiene el aporte de Martín Correa en este apartado de su libro. A antecedentes y testimonios ya conocidos, que aparecen en la historiografía chilena y mapuche, agrega nueva información que da luces sobre el complejo panorama que enfrentamos hoy. Fue, para utilizar otro aporte del propio Martín Correa y Eduardo Mella Seguel, el territorio donde se concentró el “ilkun”, la ira que hace difícil que las heridas del pasado cicatricen.

Los capítulos IV y V están destinados a la ocupación del vasto espacio territorial que está al sur del río Toltén, el Butalmapu Huilliche y el Buta Huapi Chilwe (Chiloé). Respecto del primero, Correa revela que durante la Colonia la zona estuvo lejos de ser un territorio de paz.

Al contrario, los encomenderos cometieron diversas tropelías y abusos contra la población huilliche, cuya resistencia se expresó a fines del XVI durante la rebelión encabezada por Pelantaru que concluyó con el incendio de Valdivia y la destrucción de Osorno. A partir de entonces, durante 150 años se mantuvo la tensión, con reiteradas amenazas de insurrecciones por la conducta de los encomenderos. Recién, en 1793 se estableció un acuerdo en el Tratado de las Canoas que trajo algo de tranquilidad; sin embargo, este mismo tratado sería el que dio origen a la constitución de las grandes haciendas en el Butalmapu Huilliche. Más adelante, en el siglo XIX, con la llegada de los inmigrantes alemanes, se repite la misma historia del despojo que se observa más al norte, contraviniendo la propia legislación que el gobierno había establecido, particularmente el Decreto Supremo del 10 de junio de 1823 firmado por Ramón Freire que establecía que a las tierras de dominio indígena se las declaraba “en perpetua y segura propiedad”.

En el Buta Huapi Chilwe (Chiloé), los abusos sobre la población de la Isla y el despojo de sus tierras se inició en la Colonia. La abolición de la encomienda en 1791 logró contenerlos, pero ya se había puesto en marcha el mismo proceso que se observa más al norte. Como hasta 1826 Chiloé siguió en poder de la Corona, en un último esfuerzo el gobernador Antonio Quintanilla, por evitar los despojos, estableció en 1823 los “potreros realengos” para garantizarle a la población ancestral la propiedad de sus tierras a perpetuidad. De poco valdrían estos derechos, poco a poco se fue instalando la gran propiedad. Correa da cuenta como en las últimas décadas algunos empresarios adquirieron grandes extensiones, entre los cuales figura el propio presidente Sebastián Piñera que en 2004 adquirió casi 115 mil hectáreas mediante una operación que se concretó en Panamá para eludir pagos de impuesto en Chile.

De acuerdo con lo que informó el periodista Jorge Rojas en una crónica publicada por The Clinic el 7 de junio de 1917, pocos días antes de inaugurar el Parque Tantauco, nombre con el cual denominó su nueva propiedad, en el verano de 2008, “un grupo de aproximadamente 50 familias huilliche de la comunidad Weketrumao, armaron un campamento en la entrada de la reserva y cortaron el camino. La protesta buscaba visibilizar la lucha histórica por la recuperación de una porción de las tierras que Piñera pensaba destinar a la conservación.

‘Queríamos que él reconociera que se había comprado territorio indígena usurpado’, recuerda Hilda Huenteo, presidenta de la comunidad en aquella época”. Lo paradojal de esta historia es que el nombre Tantauco, elegido por Piñera, es el nombre del Tratado que las autoridades chilenas firmaron una vez expulsado los españoles en 1826, para garantizar la propiedad a perpetuidad de esas tierras a la población huilliche.

Esta larga historia reconstruida por Martín Correa fue la que generó extrema violencia a partir de la segunda mitad del siglo XIX, ampliamente difundida en Chile en 1907 en el Trawun de Coz Coz a través de la crónica del periodista Aurelio Díaz Meza publicada en El Diario Ilustrado de Santiago. Díaz Meza habló de una “Audiencia de Horrores” al referirse lo que escuchó de los lonkos que asistieron al Trawun.

Estos hechos fueron también denunciados por otros lonkos, poetas y narradores chilenos durante todo el siglo XX, logrando un cierto impacto en la llamada sociedad nacional. Sin embargo, los errores y horrores del pasado no se han corregido. Es la deuda que tiene Chile que esperamos se supere a través del trabajo que está haciendo la Convención Constitucional que redactará una nueva Constitución.

“El panorama aquí presentado –concluye Correa– busca develar aquello que la historiografía oficial ha negado, invisibilizado, escondido, y hacerlo desde la voz silenciada, desde la experiencia del kimün y la memoria mapuche, enriqueciéndola y complementándola con los papeles y los documentos, que también forman parte de esta historia de larga duración y que son tremendamente coincidentes con los relatos de sus testigos, y con todos estos elementos, en conjunto recorrer una pasado no tan lejano; reconstruir el proceso de despojo, de empobrecimiento y de violencia que se verificó en el Wallmapu, para concluir reconociendo la continuidad que existe entre aquellos momentos y el presente, que aquello que hoy le sucede a los mapuche le ocurrió también a sus abuelos, y a los abuelos de sus abuelos, tres generaciones, nada más. Ayer, para un pueblo con memoria”3.

Si la cita anterior resume el propósito de este estudio, Martín Correa puede tener la certeza que lo ha logrado plenamente.

– Instituto Ta Iñ Pewam, Universidad Católica de Temuco, Chile

Notas

1 Martín Correa Cabrera, Historia del despojo. El origen de la propiedad particular en el

territorio mapuche, Santiago, Pehuén Editores-Ceibo Editores, 2021, pp. 69-70.

2 Ibid., p. 78.

3 Ibid., p 352.


Resenhista

Jorge Pinto Rodríguez – Director del Instituto Ta Iñ Pewam, Universidad Católica de Temuco. Doctor en Historia. University of Southampton. ORCID ID: https://orcid.org/0000-0002-9699-7671. Correo electrónico: [email protected]


Referências desta resenha

CABRERA, Martín Correa. Historia del despojo. El origen de la propiedad particular en el territorio mapuche. Santiago: Pehuén Editores-Ceibo Editores, 2021, 359 pp. Resenha de: RODRÍGUEZ, Jorge Pinto. Cuadernos De Historia. Santiago, v.56, p.443–445, 2022. Acessar publicação original.

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