Clases dominantes y desarrollo desigual. Chile entre 1830 y 2010 – FISCHER (RHYG)

FISCHER, Karin. Clases dominantes y desarrollo desigual. Chile entre 1830 y 2010. Santiago: Ediciones Alberto Hurtado, 2017. 213p. Resenha de: BUSTAMANTE OLGUÍN, Fabián. Revista de Historia y Geografía, Santiago, n.39, p.211-215, 2019.

Chile es probablemente uno de los países con mayor libertad económica en el mundo, con un sistema de libre mercado que ha permitido un inédito poderío de los grandes grupos económicos, sin precedentes en la historia de Chile. Es más: se podría destacar que nuestro país sería nada menos que la “Corea del Norte del capitalismo”, según señalaba un fallecido periodista, apuntando a la radicalidad de este nuevo fundamentalismo, que es el neoliberalismo.1

Sin embargo, en el nombre de la apologética “libertad de emprender actividades económicas”, estas elites han arrebatado la oportunidad de ganancia a miles de chilenos, lo que ha llevado a diversos sectores de la sociedad –a partir del 2011 con las protestas estudiantiles–, a criticar el modelo existente ante las evidentes desigualdades sociales producto de la excesiva concentración de la riqueza en un mercado pequeño como es el chileno.

Tal malestar en la población no ha provocado de ninguna manera un quiebre en la elite empresarial ni mucho menos: su poder, enraizado desde siglos, es demasiado fuerte para derrotarlo. Pese a ello es necesario destacar que el periodo más exitoso de la clase dominante fue en la dictadura cívico militar, de carácter refundacional, donde se implementó el modelo neoliberal, transformando radicalmente el destino del país, al triunfar el proyecto de la derecha y el gran empresariado, aliados al gran capital internacional.

La señalada transformación acontecida en nuestro país ha llamado la atención de muchos investigadores nacionales e internacionales, que intentan explicar cómo Chile se convirtió en un campo de experimentación de políticas económicas provenientes desde la Escuela de Chicago, orientadas a la disminución del papel del Estado en la economía, con su correspondiente privatización de bienes y servicios para favorecer a una clase empresarial, pero al mismo tiempo perjudicar a grandes sectores de la población.

En tal línea se encuentra el estudio de la investigadora austríaca Karin Fischer de la Universidad de Viena, al presentarnos Clases Dominantes y Desarrollo Desigual. Chile entre 1830 y 2010, traducción al español de su versión original en alemán del 2011 titulado Eine Klasse fur sich Besitz, Herrschaft und ungleiche Entwicklung in Chile 1830-2010 , donde proporciona una mirada sociohistórica, desde una perspectiva neomarxista, de la construcción de la elite económica como clase dominante, desde los albores de la república hasta el año 2010. Desde ya cabe destacar que estamos ante un estudio acucioso, con gran manejo de bibliografía y un excelente análisis. La autora nos adentra en el proceso de construcción, creación de alianzas, identidad y capacidad de la elite empresarial chilena en la “larga duración”.

A nuestro juicio, la idea central del libro apunta a la temprana construcción hegemónica de la clase dominante –vista como una “clase para sí”–, que en toda la vida republicana nunca ha visto amenazado su poder, pese a los variados modelos de desarrollo que se fueron ensayando en el país. Tal idea, en efecto, podría refutar la tesis de la “muerte de la elite”, sostenida por Alberto Mayol (2006), que sería una lectura optimista bajo la perspectiva de la autora.

Cabe hacer notar –a juicio de la autora–, por su parte, que el Estado cumplió un rol importante en el devenir de esta “clase para sí”, que se fue forjando desde el siglo XIX como un “bloque de poder”, reflejando una temprana homogeneidad de la elite económica chilena. Ello quiere decir que no se comportaron facciosamente unas con otras, ya que todas pertenecían a una misma clase. Aquí hay una clara diferencia con el resto de las elites latinoamericanas, en las que el proceso de construcción de sus repúblicas durante el siglo XIX fue mucho más tardío, debido a las disputas de las distintas facciones dentro de ellas.

El libro consta de cuatro capítulos que siguen una correlación histórica desde el siglo XIX –correspondiente al capítulo El Siglo Liberal (1830-1930) –, transcurriendo luego en el término del modelo liberal oligárquico en la primera mitad del siglo XX, con la crisis mundial del capitalismo y la implantación del modelo de desarrollo hacia dentro –analizado en el capítulo Desarrollo orientado hacia adentro: La segunda fase de transición al capitalismo industrial (1930-1973) –, avanzando posteriormente con la etapa de término del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) con el golpe de Estado en 1973 y la imposición del modelo neoliberal durante la dictadura cívico militar –analizado en el capítulo tres bajo el título La tercera fase de transición hacia el capitalismo moderno: transformación violenta bajo el régimen militar (1973-1989) –, y concluyendo con la etapa actual del modelo neoliberal en los gobiernos de la Concertación y de la derecha bajo la presidencia de Sebastián Piñera, en el capítulo último titulado Chile en la actualidad: neoliberalismo democrático (1990-2010).

De los capítulos señalados podrían destacarse, a nuestro juicio, los dos últimos, en razón de que son los periodos en los que la elite empresarial terminó por consolidar su hegemonía, impulsando un proyecto neoliberal que apuntaba al crecimiento económico en desmedro del desarrollo económico, que implicaba no solo aumento de la productividad, sino además la distribución de esa productividad. En ese sentido, la poca tributación de las elites en nuestra historia republicana ha sido un factor importante para entender el gran problema que tiene nuestro país al no conseguir crecimiento económico con equidad. Problema que, por cierto, es también continental.

En esa línea, es interesante subrayar que en un mercado pequeño como el chileno las tesis neoliberales no hicieron otra cosa que concentrar inexorablemente la riqueza del país en pocas manos donde –digamos, entre paréntesis–, no existe la competencia perfecta. Ello queda reflejado en el gran logro de esta elite, según las conclusiones de la autora, a saber: que logró convencer al país –a través de los think tanks y redes de intelectuales– de que el neoliberalismo era el único modelo que permitiría alcanzar el desarrollo. En el epílogo la autora señala que “probablemente el mayor éxito de las elites dominantes fue el de inscribir normas neoliberales en la Constitución y en el sistema institucional, escapando así del control público y de la influencia democrática” (p.190).

Como se ve, la autora deja planteada la interrogante que abre una dicotomía –a nuestro juicio– que se podría resumir en: por un lado, el sistema de libre mercado, con sus objetivos y valores, donde impera el darwinismo económico (“el pez más grande se come a los peces más pequeños”) y, por otro, la democracia como participación ampliada en las tareas de interés general. Lo cierto es que en Chile existe una cierta incompatibilidad entre democracia y mercado (que no necesariamente son sinónimos), develando las tensiones de una democracia política restringida que poco puede hacer frente a un pequeño, pero poderoso conglomerado económico. Al respecto, la autora intenta defender de forma implícita la tesis según la cual la falta de democracia económica permite la poca sustentación de la democracia política (Solimano, 2015).

En virtud de lo señalado, el libro abre la discusión en torno a las posibilidades que podría tener en nuestro país la idea de avanzar hacia una democracia económica, para que exista una mayor participación del conglomerado social en la distribución de los bienes y servicios económicos. Aunque, según sus propias palabras, “queda aún abierto si el bloque de poder estará dispuesto a plebiscitar el modelo neoliberal” (p.190).

Por último, podríamos dar cuenta de algunos aspectos del libro que, desde nuestro punto de vista, no quedan definidos. La crítica apunta a la no definición de algunos conceptos claves dentro de la estructura del texto, tales como “elite”, “oligarquía” y “poderes fácticos”. Quizás una breve definición hubiese sido relevante, puesto que elite y oligarquía, por ejemplo, se utilizan como sinónimos, cuando en realidad no necesariamente lo son.

Otro aspecto que podría destacarse es la utilización de categorías conceptuales –que corresponden a realidades de países desarrollados–, para analizar contextos de un país subdesarrollado como Chile. En ese sentido, habría que cuestionarse si el concepto de “clase” –entendido por la autora– podría utilizarse en una sociedad fragmentada, muchas veces desintegrada, dual, con diversas disparidades como la chilena, sobre todo durante el siglo XIX y primera mitad del XX. A contrapelo de ello, a nuestro juicio, el concepto de “clase” o “burguesía” –utilizado en Europa– muchas veces corresponde a sociedades homogéneas, bien estructuradas, con un sistema capitalista sólido e industrializado.

2 Por lo menos en la lectura del libro se demuestra que quien más se benefició del capitalismo dependiente fue aquel sector minoritario de la población, en contraposición con una mayoría empobrecida, sin acceso a la modernidad. En ese sentido, la autora podría haber contrastado la consolidación hegemónica de la elite en la larga duración con otros sectores sociales y políticos, también relevantes en la historia de Chile.

Finalmente, Clases dominantes y desarrollo desigual. Chile entre 1830 y 2010 , a lo largo de sus páginas, constituye un excelente aporte al conocimiento de la elite económica chilena, puesto que nos entrega claves para entender a un sector que ha detentado el poder “real” de nuestro país por cerca de doscientos años.

[Notas]

1 Entrevista al fallecido periodista Ricarte Soto aparecida en Punto Final , Nº781, 17 al 30-V- 2013.

2 Sobre este punto es necesario destacar las interrogantes formuladas por Peter Burke (2007), a saber: “¿Cuál es el alcance de la aplicación del término ‘clase’? ¿A cuántas partes del mundo puede aplicarse, y en cuantos períodos? ¿La clase es una característica objetiva de ciertas sociedades, o simplemente una categoría intelectual impuesta a ellas?”.

Referencias

Burke, P. (2007). Historia y teoría social. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Mayol, A. (2016). Autopsia. ¿De qué se murió la elite chilena? Santiago: Catalonia.

Solimano, A. (2015). Elites económicas, crisis y el capitalismo del siglo XXI: la alternativa de la democracia económica. Santiago: Fondo de Cultura Económica.

Fabián Bustamante Olguín –  Chileno. Licenciado en Historia, Universidad Diego Portales. Magíster en Historia, Universidad de Santiago de Chile. Estudiante de Doctorado en Sociología, Universidad Alberto Hurtado. Docente del Área de Humanidades, Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, Universidad de Chile. E-mail: [email protected]

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La derecha en la crisis del Bicentenario – HERRERA (RHYG)

HERRERA, Hugo. La derecha en la crisis del Bicentenario. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014. 213p. Resenha de: BUSTAMANTE OLGUÍN, Fabián. Revista de Historia y Geografía, Santiago, n.32, p.147-151, 2015.

Los estudios sobre la derecha chilena cuentan con un vasto recorrido durante el siglo XX sobre todo en lo que refiere a sus ideas políticas y a su papel en la justificación del golpe de Estado de 1973 y la dictadura militar. Sin embargo, el libro que se reseña plantea un importante desafío para el estudio de la derecha en el Chile post-dictadura: repensar su falta de comprensión política. Al respecto, cabe señalar que si bien es cierto que algunos de sus representantes políticos poseen tribuna en los medios de comunicación, existe poco esfuerzo intelectual en sus intervenciones públicas lo que impide su inserción en el debate político actual. Todo ello, por cierto, puede verificarse en los innumerables adjetivos calificativos para referirse a los enemigos políticos.

En este contexto, el filósofo y director del Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales, Hugo Herrera, nos presenta este libro precedido de varios artículos publicados en el diario La Tercera en calidad de columnis­ta. Desde ya el título advierte una crisis en la derecha, una crisis intelectual producto de la falta de un discurso renovado, generando superficialidad a la hora del debate político en una sociedad chilena mucho más compleja y dinámica,2 a pesar de su primer gobierno en democracia con Sebastián Piñera (2010-2014). De ahí que el autor sostenga la nula articulación de una res­puesta (o propuesta) a futuro. Las consecuencias de esta derecha desajustada (históricamente, a mi juicio) de la experiencia diaria de la realidad nacional y desterrar su diversa historia intelectual es lo que pretende ilustrarnos el autor.

El libro está conformado por cinco capítulos, sumado un anexo con comentarios de los siete últimos libros que se han publicado en los últimos años sobre la derecha.

Ya en el prefacio del libro, el autor sostiene que la derecha chilena todavía conserva un discurso propio de la Guerra Fría que combina una Concepción individualista del derecho de propiedad, la idea de subsidiariedad y de demo­cracia protegida. Este discurso es difícil de sostener en los tiempos actuales cuando el enemigo comunista claramente ya no existe. Esto ha provocado una insuficiencia argumentativa para enfrentarse a discusiones más complejas y, lo que es peor aún, una baja en el apoyo popular del sector.

En este marco el autor pone énfasis en el capítulo primero titulado Cambio de Ciclo, una interesante demostración del cambio de ciclo que vive nuestro país, enfatizando en las alteraciones que dan cuenta del desequilibro existente entre pueblo e institucionalidad. Tales alteraciones –que afectan tanto a la derecha como a la izquierda– serían: la disminución del miedo, debilitamiento de los ejes del pasado reciente, distribución del conocimiento y la información, oligopolio, oligarquía, centralismo, empobrecimiento espiritual, la revolución (C`est une révolution) y el romanticismo político. Estas variaciones no alcan­zarían a ser una revolución para cambiar el modelo y sólo se manifestarían en forma de revuelta.

En el capítulo segundo, titulado Comprensión Política, se expone un crite­rio de lo que Herrera entiende por una comprensión específicamente política, que requiere superar la reducción mecánica de las situaciones concretas para acercarse contemplativamente hacia la realidad. Lo que propone el autor es que la derecha inicie una apertura a la realidad y utilice un marco teórico lo suficientemente complejo para analizar el escenario actual.

En relación con lo anterior, por su parte, en el capítulo tres, titulado Una mirada a la historia intelectual de la derecha en Chile, el autor propone rescatar las distintas tradiciones intelectuales que en su momento articularon un pensamiento de derecha, capaz de debatir con sólidos argumentos. Por cierto, este pensamiento estaría conformado por dos vertientes: la nacional-popular y la socialcristiana, agregándose la síntesis entre conservantismo y liberalismo económico. Dentro de ella se destacan a Francisco Encina, Alberto Edwards (nacional-popular), Mario Góngora (socialcristiano) y Jai­me Guzmán (conservantismo y liberalismo económico). Al respecto, este capítulo del libro constituye el punto central de la tesis de Herrera, a saber: en la derecha existió un aparato conceptual más sofisticado durante el siglo XX que le permitió pensar y actuar tal la realidad política de ese momento (como lo hizo Encina con la crisis del Centenario). A partir de este análisis, Herrera considera que la derecha debería reencontrarse con estas vertientes de pensamiento caracterizadas por la unión entre pensamiento y acción política. Unión que, por cierto, no existe en la actualidad, provocando una pérdida en el terreno de las “estructuras de poder legítimo” (universidades, sindicatos, etc.).

En el cuarto capítulo, El desafío comprensivo de la derecha chilena, Herrera sugiere una particular alternativa a la crisis de la derecha acudiendo a una actitud de contemplación (un no hacer nada o suspensión del activismo), permitiendo así un conocimiento más cabal de las cuatro tradiciones discur­sivas de la derecha ordenadas bajo dos ejes: una liberal/no liberal y la cris­tiana/laica, de la que luego vienen las combinaciones. Por lo que la tradición cristiana-liberal se expresaría en la UDI y en parte de Renovación Nacional; la socialcristiana en el antiguo Partido Conservador, Falange Nacional y en algunos movimientos contemporáneos como Solidaridad de la Universidad Católica; la liberal-laica con raíces en el Partido Liberal, en Amplitud y de forma parcial en Renovación Nacional; y finalmente la laica/nacional-popular que comienza con el ibañismo extendiéndose en el Partido Agrario-Laborista, Partido de Acción Nacional y Partido Nacional para esparcirse en diversas iniciativas como Avanzada Nacional y Frente Nacional del Trabajo, dejando huella en las raíces fundacionales de Renovación Nacional. A partir de esta clasificación, el autor propone reactivarlas (entendiéndolo como una aproxi­mación reflexiva a las fuentes de las tradiciones, atenuando los extremos de todas ellas) con el propósito de encontrar allí ideas o argumentaciones que permiten la elaboración de un discurso diverso con capacidad de reconoci­miento para el ciudadano común. Reconocimiento que, por cierto, logra la Nueva Mayoría (hoy en el gobierno).

En el último capítulo, Síntesis y aspectos fundamentales de una espera­ble nueva conciencia en la derecha chilena, realiza una síntesis de los otros capítulos, subrayando en que el momento actual le exige a la derecha un discurso más denso y sofisticado, incluyendo teoría y filosofía política, y no sólo discusiones de carácter técnico. Para ello debe volver a su historia intelectual y abrirse paso a la realidad nacional. Todo ello, en efecto, permitirá –afirma el autor– alcanzar legitimidad política.

En el anexo incorpora el autor algunos libros de representantes de la de­recha. Los títulos de estos libros son: La fatal ignorancia. La anorexia cultural de la derecha frente al avance ideológico progresista (2009), de Axel Káiser; Gobernar con principios: Ideas para una nueva derecha (2012), de Francisco Javier Urbina y Pablo Ortúzar; El malestar de Chile ¿Teoría o diagnóstico? (2012), de Marcel Oppliger y Eugenio Guzmán; Chile camino al desarrollo. Avanzando en tiempos difíciles (2012), del ex ministro de Piñera Cristián Larroulet; El regreso del modelo (2012), de Luis Larraín; Con la fuerza de la libertad, La batalla por las ideas de centro-derecha en el Chile de Hoy (2013), de Jovino Novoa; y Virar derecha. Historia y desafíos de la centro-derecha en Chile (2014), del ex diputado UDI Gonzalo Arenas. No obstante, es impor­tante señalar que algunos de ellos como Cristián Larroulet y Jovino Novoa intentan realizar un esfuerzo intelectivo de elaborar observaciones acerca de la realidad presente, pero no dan cuenta de la crisis de discurso o algún camino de solución para remediarlo.

Pese a los planteamientos de Herrera sobre la crisis de la derecha chilena, el trabajo presenta algunas limitaciones. Lo primero que cabe decir al respecto es que la principal dificultad que presenta esta obra es sobre cuál derecha se está refiriendo el autor. Quizás sea más apropiado –siguiendo el título de Sandra McGee– hablar de las “derechas”.3 En ese sentido quisiera señalar que la mayor parte del discurso político y filosófico de la “derecha” proviene de la extrema derecha, y no de la derecha partidaria. Siguiendo la idea de Octavio Rodríguez Araujo, la extrema derecha (o ultraderecha) es más ideológica que la derecha (en este caso la UDI, RN y los sectores económicos), que es mucho más pragmática, pues su ideología es de base empírica-positivista, sobre todo cuando tiene el poder (que por definición es pragmático).4 En ese sentido, la derecha actual –que es heredera y defensora del modelo económico impuesto por Pinochet–, no está muy interesada en la ideología (o en los debates intelectuales) sino en conservar su statu quo. Por lo que “la ideología de la derecha –siguiendo a Rodríguez Araujo– es la defensa de sus intereses y los que representa, tenga o no el poder gubernamental”. Por lo tanto, una derecha que tiene el poder de facto de nuestro país –a pesar de los sucesivos gobiernos de la Concerta­ción–, difícilmente estará interesada en buscar una tradición intelectual de derecha –mencionada en el libro–, tradición intelectual que debe encontrarse –a mi juicio– en la extrema derecha.

Por cierto que Francisco Encina, Alberto Edwards y Jaime Guzmán –señala­dos por Herrera– estarían dentro de esa línea. Precisamente estos autores no son mencionados como parte de la derecha antidemocrática y antiliberal. Cuestión que constituye una dificultad para el propósito del autor de que la derecha actual deba rescatar estos discursos ideológicos no democráticos. Cabe destacar que Alberto Edwards, con su libro Bosquejo histórico de los partidos políticos chilenos, de 1903, inauguraría una tradición de pensamiento antidemocrático que culminaría con el dictador Augusto Pinochet. Todos ellos justifican un régimen dictatorial del cual exhortan a terminar con el desorden propio del sistema demoliberal y devolverle a Chile el orden que estaría encarnado en la figura de Portales.5 Estos rasgos distintivos de jerarquía y autoridad formaron parte de la identidad del pensamiento conservador chileno durante el siglo XX, –y a pesar de sus diferencias y conflictividad internas entre algunas tendencias dentro de ella (nacionalistas y tradicionalistas)–, tuvieron un elemento en co­ mún: su visceral anticomunismo, en especial durante el período de la Unidad Popular, que morigera tales conflictividades y pluralidades.6 De otro lado, como se señaló más arriba, si el autor pretende hablar de tradiciones intelectuales, le faltó mencionar la revista Estudios, que posee una gran densidad conceptual (a partir de la década del treinta), depositada en autores como Jaime Eyzaguirre, Julio Phillipi, Roque Esteban Scarpa, entre otros, comprometidos todos ellos con el tradicionalismo hispánico.7 Aquí hay un primer indicio de que la derecha estuvo inserta dentro del ámbito de las humanidades, aunque construyendo un marco conceptual que sirvió para dar forma a discursos legitimantes de la destrucción de la democracia y la instauración de la dictadura militar.

Cabe, finalmente, hacer notar que, en todo caso, estos intelectuales de derecha (Alberto Edwards, Francisco Encina o el mismo Jaime Guzmán) recepcionaron ideas provenientes del pensamiento conservador antiliberal europeo de finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX, que reaccionó contra la Revolución Francesa, corriente que Carl Schmitt denominó como “pen­samiento contrarrevolucionario”, y que luego “nacionalizaron” de acuerdo a las realidades propias de nuestro país.8 Tal recepción, como lo señala Luis Corvalán Márquez, estaría dada por las vertientes tradicionalistas y naciona­listas. Lo cual no permite sostener la idea de un pensamiento nacional. Al respecto considero que al indagar en una tradición intelectual de derecha habría que prestar atención a la extrema derecha. Demás está decir que, al mismo tiempo, ésta sólo recepciona las ideas antiliberales y antidemocráticas europeas, restándole originalidad al pensamiento de derecha.

Digamos, por último, que la falta de discurso y de densidad intelectiva en la derecha implicaría cuestionar el sistema neoliberal heredado de la dictadura de Pinochet, del cual ellos son herederos y defensores. Quizás sea ésta la principal razón de la carencia discursiva que Herrera argumenta en su obra, y hasta ahora, no se aprecia un cambio significativo a futuro. En ese sentido –y como tal como lo expone el autor en el anexo– sus personeros no están dispuestos ni a autoanalizarse como sector político como tampoco proponer un discurso que no sea lo que habitualmente nos tiene acostumbrados la derecha: poco análisis, obcecada y llena de simplismos.

[Notas]

2 Una crisis acentuada aún más por el “caso PENTA” y el financiamiento ilegal para las cam­pañas políticas principalmente al partido de derecha Unión Demócrata Independiente (UDI). Entre los beneficiados por PENTA (holding empresarial chileno con inversiones en distintas áreas como seguros, finanzas, salud, del cual es socio fundador el ex yerno de Augusto Pinochet, Carlos Alberto Délano) están los senadores UDI, Jovino Novoa, Ena Von Baer e Iván Moreira, sumado al precandidato presidencial de ese partido, Lawrence Golborne. Ver Sandra McGee (2005), Las derechas: la extrema derecha en la Argentina, el Brasil y Chile, 1890-1939, Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes.

4 Véase al respecto, Octavio Rodríguez Araujo (2004), Derechas y ultraderechas en el mundo. México: Ediciones Siglo XXI.

5 Ver Luis Corvalán Márquez (2009), Nacionalismo y autoritarismo durante el siglo en Chile. Santiago: Editorial Universidad Católica Silva Henríquez.

6Al respecto, véase el artículo de Ernesto Bohoslasvky “¿Qué es lo nuevo de la nueva derecha en Chile? Anticomunismo, corporativismo y neoliberalismo, 1964-1973”, en História Unisinos, 16: 5-14.

7 Véase el interesante estudio de Isabel Jara (2007) De Franco a Pinochet. El proyecto cultural franquista en Chile 1936-1980. Santiago: Editorial Universidad de Chile.

8 Por ejemplo, el caso del hacendado-ensayista Francisco Encina “nacionalizó” el pensamiento racista de Osvaldo Spengler. llevando a cabo su interpretación de la Historia de Chile.

Fabián Bustamante Olguín – Chileno. Magíster en Historia, mención Chile, Universidad de Santiago de Chile. Académico, Escuela de Sociología de la Universidad Católica Silva Henríquez y Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, Universidad de Chile. E-mail: [email protected]

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