Los historiadores colombianos y su oficio: reflexiones desde el taller de la historia | José DAvid Cortés, Helwar Hernando Figueroa e Jorge Enrique Salcedo

Dos críticas han aparecido con mediana frecuencia en los trabajos de algunos historiadores colombianos durante los últimos años. La primera, está relacionada con la indiferencia del gremio frente a la divulgación del conocimiento histórico, y la segunda, con la mercantilización de las publicaciones indexadas que se genera por la implementación del sistema de puntos salariales en las universidades públicas y privadas. Siguiendo esta línea de argumentación, considero que el libro Los Historiadores Colombianos y su oficio: reflexiones desde el taller de la historia, publicado en 2017 por la Universidad Javeriana de Bogotá, puede incluirse dentro de esta corriente de críticas que buscan replantear el rol de los académicos, las universidades y el gobierno, este último representado en órganos como Colciencias, frente a la valoración del conocimiento. En palabras de sus coordinadores, José David Cortés, Helwar Figueroa y Jorge Salcedo, “es cada vez más notorio que la producción histórica e historiográfica ha caído en el mecanismo de la producción industrial, en donde se escribe y se publica no por el bien de la disciplina”.

El anterior comentario, está relacionado con uno de los aspectos más novedosos del libro, y es que sus capítulos no son artículos formales de investigación, sino doce ensayos de reflexión autobiográfica que buscan llegar a un público más amplio. Sus autores, formados en diferentes universidades de Colombia y el mundo, especialmente en México donde varios actualmente trabajan, mostraron sus perspectivas frente al oficio del historiador a través de sus propias trayectorias profesionales, aspectos que, al parecer, les fueron solicitados por los editores para poder entender sus procedencias, capacitaciones, enfoques, aportes, intereses y proyecciones. Esta caracterización de sus perfiles y otros datos pueden encontrarse en la sugerente introducción que acompaña la obra.

En términos generales, el texto contiene aspectos muy positivos como mostrar el perfil más humano y anecdótico de quienes se definen como la “tercera generación de historiadores universitarios”. Un grupo de académicos que superan los 45 años de edad y que, de un modo u otro, tienen dos cosas en común: su agradecimiento y posterior distanciamiento frente a la Nueva Historia de Colombia (movimiento de renovación historiográfica promovida por pensadores como Jaime Jaramillo Uribe desde 1960) y su coexistencia en el trastornado panorama colombiano de finales del siglo XX.

Este último aspecto está presente en el 80% del libro ya que los mismos escritores recuerdan sucesos como la violencia, los secuestros, el narcotráfico, el desplazamiento forzado y el desencantamiento juvenil frente a este horizonte tan desolador. Una de las anécdotas a destacar, es la de Andrés Ríos Molina, quien indicó que su primer trabajo de archivo lo realizó en un municipio que no tenía luz eléctrica debido a que la guerrilla había volado las torres de energía. Por su parte, Natalia Silva, confesó que las extorsiones realizadas por algunos grupos armados ilegales hacia su familia los obligó a huir de su ciudad natal, Bucaramanga, hacia Cali, lugar donde pudo culminar sus estudios de licenciatura en una Univalle acongojada por la muerte del historiador Germán Colmenares.

Todos los relatos no estuvieron relacionados con la violencia, también hubo espacio para la música, la fiesta y la familia. Alexander Betancourt, por ejemplo, contó cómo las canciones de Soda Estéreo lo llevaron a preguntarse por la existencia del pensamiento latinoamericano y a cuestionarse la idea, muy popular en su facultad, de que la filosofía solo podía pensarse, hablarse y escribirse en inglés y alemán. Del mismo modo, Aimer Granados, no dudó en señalar los gratos momentos que vivió en los bares de salsa de la ciudad de Cali, los cuales, recuerda como valiosos espacios de sociabilidad académica para él y sus compañeros. Y Renzo Ramírez, por solo mencionar un caso, narró con sencillez su trasegar por tierras rusas y suecas en compañía de su esposa e hijos.

Uno de los aportes más significativos de esta compilación, es haber establecido una relación entre las influencias intelectuales individuales, directores de tesis y/o teóricos que los colaboradores leyeron, y la configuración de los campos historiográficos en los que estos estuvieron inmersos. Respecto al primer punto, se destaca el influjo de personalidades como Germán Colmenares, Jaime Jaramillo, Margarita Garrido, Armando Martínez, Carlos Marichal, Clara E. Lida, Carlos Aguirre, Roland Anrup, entre otros. Y en cuanto al segundo, la participación de algunos de ellos en la fundación de departamentos, facultades, revistas, semilleros, grupos y redes especializadas. Es importante resaltar, que varios de ellos han trabajado articuladamente en este tipo de iniciativas y que actualmente coinciden en espacios como el Simposio Colombiano de Historia Regional y Local y el Congreso Colombiano de Historia.

Como cualquier otra obra, la presente tiene aspectos por criticar y mejorar. El primero, es que algunos de los capítulos fueron escritos en un lenguaje excesivamente técnico y elevado que no facilita su divulgación entre un público más amplio. Mientras algunos narraron de modo concreto y sencillo sus trayectorias, otros, realizaron balances y reflexiones teóricas que están más cerca a los criterios de un artículo de investigación. Por otra parte, no se encuentran muchas menciones a la relación entre la investigación histórica y la labor docente, siendo Renzo Ramírez uno de los pocos en señalar la complejidad de los procesos pedagógicos, didácticos y curriculares en el campo de la historia. Incluso, Ramírez fue más allá al señalar las dificultades que puede encontrar un joven historiador al integrarse laboralmente a un escenario tan complejo como un departamento de historia. Finalmente, como lo dijeron los mismos coordinadores, faltó una mayor presencia de mujeres y colaboradores de otras regiones como la Costa Caribe.

La escaza producción bibliográfica relacionada con el quehacer y las trayectorias de quienes construyeron el campo historiográfico colombiano, anudada a la exclusión de la Historia como área disciplinar en la educación básica y secundaria, hacen que la mayoría de las personas desconozcan la existencia de los programas profesionales dedicados al oficio de Clío y la importancia de la historia en la reconciliación, reparación y esclarecimiento del conflicto armado luego del acuerdo alcanzado entre el gobierno nacional y las FARC-EP. En este sentido, considero que convertir la historia escrita en los claustros universitarios en un objeto de interés general, es una de las deudas académicas y políticas más grandes que tienen los historiadores colombianos con su sociedad.

Por esta y otras razones, la obra reseñada constituye una gran apuesta por la divulgación/reivindicación de otros formatos disímiles al artículo indexado, una invitación a profundizar en la comprensión de la escritura de la historia, y, sobre todo, un acercamiento a la perspectiva más mundana de aquellos que, por momentos, parecieran habitar una dimensión distinta a la terrenal.


Resenhista

Héctor Miguel López Castrillón – Universidad de Caldas, Colombia.


Referências desta Resenha

CORTÉS, José David; FIGUEROA, Helwar Hernando; SALCEDO, Jorge Enrique (Eds.). Los historiadores colombianos y su oficio: reflexiones desde el taller de la historia. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2017. Resenha de: CASTRILLÓN, Héctor Miguel López. Claves. Revista de Historia. Montevideo, v.5, n.8, p. 304 – 306, ene./jun. 2019. Acessar publicação original [DR]

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