Isabel de Castilla y Aragón. Princesa y reina de Portugal (1470-1498) | Ruth Martínez Alcorlo

Los estudios que, desde diferentes vertientes, se dedican a la corte de los Reyes Católicos y sus principales actores han cobrado una gran intensidad en el último tiempo, destacándose de un modo especial el enfoque histórico gracias al análisis de nuevas fuentes documentales. Isabel la Católica es la figura que ocupa un lugar predominante dentro de estas investigaciones, tras la poderosa imagen que la historiografía ha forjado de ella, eclipsando a muchas otras mujeres, entre ellas, sus propias hijas.

Es el caso de Isabel, primogénita de los Reyes Católicos, princesa de Asturias y Aragón, princesa y reina de Portugal, quien por su papel político, su esmerada formación, sus inquietudes culturales e intelectuales y su dimensión humana debería igualmente ocupar una posición relevante en la historiografía hispana. Cuestión que ha materializado Ruth Martínez Alcorlo en su libro de Isabel de Castilla y Aragón. Princesa y reina de Portugal (1470-1498), al rescatar la importancia que esta figura desempeñó tanto en la corte española como portuguesa durante ese tiempo, ade más del rol que jugó como mecenas y destinataria de una amplia literatura elaborada en su honor. Esta obra, dividida en once capítulos, incluye un prólogo por Francisco de Paula Cañas Gálvez, investigador por la Universidad Complutense de Madrid, y un amplio apartado bibliográfico.

La autora comienza con el nacimiento de Isabel en la localidad de Dueñas en plena guerra civil castellana por los derechos de sucesión al trono, disputados por Isabel de Castilla y su medio hermano, Enrique IV, hijo de Juan II de Castilla y María de Aragón. Su infancia se verá marcada así por los avatares políticos e históricos de la corte de sus padres, donde pasará la mayor parte del tiempo cerca de su madre. La elección de su nombre, como su progenitora y su abuela, Isabel de Portugal, estrechaba lazos dinásticos y proclamaba la unión de sangre con el linaje de dos mujeres excepcionales.

Con el inicio de la guerra contra Portugal (1475-1479), su papel resultará fundamental a partir de la política matrimonial sellada con el príncipe Alfonso, hijo de João II y nieto de Alfonso V de Portugal, para abrir un período de calma y estabilidad peninsular. No obstante, mucho le costó a la reina Católica separarse de su hija para que se llevaran a cabo las Tercerías de Moura (1480-1493), en el que se estipulaba la concordia castellanoportuguesa con sucesivos enlaces matrimoniales que sellarían, mediante vínculos de sangre, la alianza político familiar entre ambos reinos. A partir de ese momento la princesa permanecerá en Moura en un ambiente apacible, alejada de las turbulencias de la corte castellana, para adecuarse a los usos y las costumbres de la corte portuguesa. Tras su regreso a Castilla, su formación continuará en el entorno de su progenitora, bajo el cuidado de una aya y un ayo que velarán por su correcta alimentación y salud espiritual.

Este matrimonio ofrecerá la ocasión perfecta para desarrollar todo el aparato ceremonial cortesano que mostrará la magnificencia de la corte castellana. La documentación empleada por Martínez Alcorlo acerca de la boda, como expresión de poder con justas, bailes, banquetes, momos, juegos de caña e invenciones, nos muestra un lugar ruidoso por la multitud de personas presentes en el acto, el barullo característico cortesano, la música, la alegría y la expresión de júbilo de todos los presentes. Los meses que duró este enlace los jóvenes esposos vivieron en un “ambiente rodeado de calor”, pues los padres de ambos estaban tan felices que volcaron su generosidad en donativos y regalos. En este tiempo su propio espacio de poder, conocido como as terras da rainha, comprendía las villas de Alenquer, Torres Vedras, Torres Novas, Óbidos, Sintra y Alvaiázere, en donde tomaba decisiones de índole financiera, disponía de un poder judicial, ade más de nombrar gobernadores y designar a sus oficiales.

Sin embargo, este clima de felicidad pronto se interrumpió con la muerte de Alfonso en 1491 en un accidente al caerse de su caballo en Santarém, cerca de Lisboa. Después de este hecho se le recomendó regresar a la corte de sus padres, donde vivirá la campaña granadina hasta su conclusión. Aquí la autora nos ilustra el luto de seis meses de parte de Isabel por el súbito dolor tras la pérdida en muy poco tiempo de su esposo, generándose un desarrollo literario romántico en torno a esto. En consecuencia, decidió no volver a casarse y desplegó una religiosidad que repercutió en su salud mediante una manifestación de delgadez con el adorno de su castidad, sus ayunos y vigilias. La princesa viuda buscaba aliviar su pérdida y dolor en una vida intensamente religiosa, desechando la idea de un nuevo matrimonio y convirtiéndose en espejo y modelo de paciencia y humildad para las otras damas de la corte.

La situación cambió cuando Manuel I subió al trono en 1495 y pidió la mano de Isabel, debido a que se encontraba en plenas facultades para aportar cuanto antes un heredero al trono luso; era la primogénita de los Reyes Católicos; reforzaría los vínculos de éstos con la corona portuguesa; y por el conocimiento y cariño que se le tenía a la joven viuda por parte de la corte lusa. De esta manera, se celebró y consumó la boda en Alcántara en 1497, desplegándose un clima de alegría con fiestas, galas y regocijos cortesanos, hasta la muerte en ese mismo año del príncipe Juan, hermano de Isabel y heredero del reino de Castilla y Aragón.

Al recaer la herencia en Isabel y su marido, estos serán reconocidos y jurados como legítimos sucesores de la corona española, ante las cortes en Toledo y Zaragoza (1498). Estas últimas van a ofrecer una dura resistencia frente a la aceptación de una mujer como futura reina de esos territorios, aferrándose al hecho de que ésta se encontraba embarazada de varios meses. El nacimiento del príncipe Miguel de la Paz, en cuya cabeza se juntarían los tronos ibéricos y también las posesiones de ultramar, disipará todas las preocupaciones en torno a la sucesión.

No obstante, el mismo día de su nacimiento, su madre murió de sobreparto por su frágil salud y delgadez, sumado a la presión y los largos viajes desde Lisboa a Toledo y posteriormente a Zaragoza. Manuel retornará a Portugal, dejando al príncipe bajo la tutela y el cuidado de sus abuelos. La pérdida de Isabel, supuso para su madre un golpe terrible, que enferma, tuvo que guardar cama tras su muerte, por lo que su felicidad y salud comenzarán a mermar a partir de ese momento. En 1499 en Ocaña se realizó el juramento del príncipe Miguel como heredero a la corona castellana y, luego, en las Cortes de Lisboa por parte del trono portugués, pero en 1500, antes de que cumpliera los dos años de edad, morirá en Granada. Martínez Alcorlo finaliza su obra analizando la labor de mecenazgo de Isabel, su sensibilidad y gusto por la pintura, que completaba junto con el libro un espacio devocional. Por lo tanto, no resultaría extraño que ésta guardará y llevará consigo de viaje una biblioteca con títulos imprescindibles o queridos y que necesitará tenerlos a mano para su consulta.

Consideramos para terminar que la siguiente obra aborda de manera completa y reflexiva la importancia y el rol de la primogénita de los Reyes Católicos a través de la utilización de una gran riqueza documental que se puede hallar sobre su figura. De este modo, resulta imprescindible para aquellos que quisieran ahondar o investigar sobre ésta, además de que permite seguir avanzando, desde diversas perspectivas, en torno a los estudios de la princesa Isabel, la corte y los actores principales de ese tiempo.


Resenhista

Lucía Belén Gómez – Universidad Católica Argentina.


Referências desta Resenha

ALCORLO, Ruth Martínez. Isabel de Castilla y Aragón. Princesa y reina de Portugal (1470-1498). Madrid: Sílex, 2021. Resenha de: GÓMEZ, Lucía Belén. Estudios de Historia de España. Buenos Aires, v. 23, n. 2, p. 194-196, 2021. Acessar publicação original [DR/JF]

Deixe um Comentário

Você precisa fazer login para publicar um comentário.