PÉREZ VEJO, Tomás; YANKELEVICH, Pablo (coords.). Raza y política en Hispanoamérica. Ciudad de México: Iberoamericana, El Colegio de México y Bonilla Artiga Editores, 2018 (1ª edición 2017). 388p. Resenha de: ARRE MARFULL, Montserrat. Revista de Historia y Geografía, Santiago, n.41, p.199-205, 2019.

El conjunto de trabajos presentados en esta compilación realizada por Tomás Pérez Vejo y Pablo Yankelevich, que en total suman diez, incluyendo dos capítulos de los compiladores, es un apronte serio y actualizado del ya muy referido –aunque nunca agotado– tema de la construcción nacional en las diversas repúblicas americanas. El elemento novedoso en este caso es la sistemática inserción de la discusión sobre la “raza” que guía cada uno de estos trabajos, en un esfuerzo por hacer converger los idearios de identidad nacional que emergieron en América tras las independencias y las conflictivas relaciones político-sociales evidenciadas en estos espacios, a las que, con cada vez más fuerza y honestidad, definimos como racializadas .

Para los compiladores, proponer el análisis de estas dinámicas nacio- raciales en los siglos XIX y XX aparece como necesario ya que, según indican, “no es que la raza formase parte de la política, sino que era el fundamento de la política misma” (p.12). Partiendo, así, de esta premisa, los diez autores convocados ensayan y demuestran cómo es que las ideologías racialistas que se gestaron en América desde la conquista o desde el siglo XVIII ilustrado, calaron profundamente y configuraron de manera compleja las propuestas romántico-nacionalistas, liberales y cientificistas de los siglos XIX y XX –a lo menos–, hasta mediados del siglo pasado.

Los autores y las regiones o países que contextualizan los análisis son los que siguen: José Antonio Piqueras refiere al Caribe hispano, focalizándose en Cuba especialmente en la época entre siglos –de 1850 a 1950 aproximadamente–, aunque hace igualmente referencia comparativa a República Dominicana y Puerto Rico; Tomás Pérez Vejo analiza el México del primer siglo republicano hasta 1910; Patricia Funes se detiene en la primera década del siglo XX, en un ejercicio comparativo entre Argentina, Bolivia y Brasil; Joshua Goode, por su parte, se sitúa en España con relación a sus colonias y la reflexión del hispanismo de inicios del siglo XX; Marta Elena Casaús Arzú, refiere a Centroamérica en el cambio del siglo XIX al XX –y avanza en este siglo–, deteniéndose especialmente en Costa Rica, El Salvador y Guatemala; Rodolfo Stavenhagen vuelve sobre México, tomando para su revisión todo el siglo XIX y gran parte del XX; Marta Saade Granados sitúa su trabajo en Colombia de la primera mitad del siglo XX; Fernando J. Devoto vuelve sobre Argentina, analizando desde la Independencia hasta mediados del siglo XX; Pablo Yankelevich nos habla del México post Revolución de 1910; y, finalmente, Jeffrey Lesser realiza un análisis de larga duración sobre Brasil entre los siglos XVI y XXI.

Como es posible apreciar, las temporalidades se sitúan especialmente, aunque no exclusivamente, en el cambio del siglo XIX al XX, y es ahí donde acontece el nodo del conflicto racialista que irá desgajando cada autor, llevando sus análisis hacia atrás, a modo de una “genealogía del racismo” (Foucault, 1992), y hacia adelante, con la intención de demostrarnos que en todos, o casi todos los casos, dichos entramados ideológicos y conflictos sociopolíticos están lejos de haber sido superados.

Entre el análisis de la construcción social colonial, con el desigual aporte demográfico entre españoles y portugueses –extensivamente considerados como criollos o blancos–, indígenas y africanos, y sus resultados mixturados anclados en el concepto acuoso de las castas, más los crecientes aportes de otras migraciones desde fines de la colonia y sobre todo inicios de las repúblicas, llegando a grados de alta inmigración en algunas zonas durante las primeras décadas del siglo XX, los autores van recorriendo las políticas estatales, los discursos oficiales, y todo el entramado ideológico que emerge de una literatura nacionalista, jurídica, ensayística educativa y científica, en muchos casos potentemente influenciada por las corrientes en boga europeas.

Francia se establece como uno de los principales afluentes de imaginarios raciales, no obstante autores ingleses e italianos y, en menor caso, alemanes, españoles y estadounidenses entran también en el juego.

El gran aporte del conjunto de trabajos expuestos en esta compilación es demostrar que los idearios de “blanquitud” y “homogeneidad racial” son pilares fundamentales de los mitos fundacionales de las naciones estudiadas, y que la presencia de indígenas y de afrodescendientes se estableció, desde el inicio de las repúblicas independientes, como problemático para las élites.

Las opciones para solucionar estos “problemas” nacionales fueron variadas, desde la propuesta discursiva de no nombrar a los indeseados (la conocida invisibilización de las poblaciones negras en Argentina, por ejemplo); la opción por aceptar el mestizaje indo-europeo y establecerlo como la fuente de la nacionalidad (el caso emblemático de México ); propiciar la inmigración blanca-europea para “mejorar” la raza y “civilizar” estas naciones atrasadas a raíz de los residuos coloniales –que eran tanto las prácticas tradicionales religiosas o económicas, como las gentes y sus colores oscuros–; hasta gestionar masacres y genocidios a poblaciones indígenas o afrodescendientes bajo pretextos de sedición política y riesgos de alzamientos antinacionales.

De la ensayística raciológica, analizada por Funes y Devoto, al “genocidio blando” (o mestizaje) analizado por Pérez Vejo, la eugenesia en sus más diversas aplicaciones, revisada por Casaús Arzú y Saade Granados, la idea de “hispanidad”, en Goode, o el “indigenismo” visto en Stavenhagen, a la solución racial por blanqueamiento revisado por Yankelevich, Lesser y Piqueras, vemos una larga y paradójica trayectoria de ideas, discusiones y prácticas, que no siempre decantaron en una efectiva “mejora” de las condiciones sociales de los habitantes de dichos países ni en la consolidación de las tan ansiadas civilización y unidad nacional.

La raza, y todos los autores concuerdan en ello, fue un concepto variable, diverso y conflictivo, compuesto de distintos niveles de aplicabilidad y utilizado para defender los más distantes argumentos. De una construcción filosófico- histórica, de herencia herderiana, base del sentimiento de arraigo nacional a la tierra de origen, se podía pasar a una percepción biológica que tenía un sinfín de exponentes pseudocientíficos no americanos, 1 además de varias aristas, entre ellas, la determinante influencia del clima en la constitución de los individuos racializados y la jerarquía inherente a cada raza, que hacía a las más inferiores ser incapaces de civilizarse.

De estas dos posturas emergieron algunas que intentaban hacer el nexo culturalista, de la mano de antropólogos americanos, abogando por las potencialidades de las “razas inferiores” que, a fuerza de educación e interacción con las capas más “adelantadas”, podrían, poco a poco, salir de su salvajismo y convertirse con el tiempo en personas civilizadas. Los más pesimistas no veían solución en dichas expectativas, pues ni “indios” ni “negros” podrían salir de la barbarie en que la naturaleza los había situado, solo era posible avanzar en la “carrera” de la civilización agregando el componente blanco a la mixtura nacional.

En este punto, las derivas de las acciones eugenésicas que toman cada una de las repúblicas analizadas van por tres caminos principales, los cuales no se eluden, sino que se complementan en cada caso con diferentes grados: inmigración europea y blanqueamiento, mestizaje indo-blanco (siempre se deja fuera al negro, excepto, relativamente, en Brasil) y genocidio de las poblaciones no deseadas. Las políticas estatales frente a estas opciones variaron en cada caso, y es aquello lo que los autores van deslindando y describiendo en su propia complejidad.

Referente a la elección de estos espacios geográficos analizados, a saber México, Argentina, Colombia, Cuba, Guatemala, Bolivia, Puerto Rico, República Dominicana, El Salvador, Costa Rica y, finalmente, Brasil (este último caso sorprende, pues no se lo espera en un libro que indica en su título que se hablará de “Hispanoamérica”), aparecen como pertinentes, especialmente teniendo en cuenta los paradigmáticos casos de México y su indigenismo, de Argentina y su (supuesto) blanqueamiento producto de la masiva inmigración europea, y de Brasil y su crisol de culturas y razas, tres repúblicas que contaban con enormes espacios geográficos “desiertos” o “vírgenes” –según decían las élites decimonónicas y del siglo XX, disponibles para poblar y civilizar, y que optaron por políticas raciales diferentes, tanto prácticas como discursivas, no siempre efectivamente aplicadas ni con los resultados esperados.

Sin ir en desmedro de los trabajos expuestos, ya que todos y cada uno conforman una muestra de gran envergadura, por el uso profuso de diversas fuentes y de amplia bibliografía nacional de cada país trabajado, podemos indicar que una muestra de otros espacios nacionales, en comparación o en sí mismos, podrían haber sido beneficiosos para complejizar el análisis en su conjunto: espacios como Perú y Chile, que se mencionan al pasar como ejemplos en un par de trabajos, o Venezuela y Ecuador, que ni siquiera se aluden, y otros espacios geográficamente menores, que no por eso dejaron de ser racialmente conflictivos. Sería interesante, asimismo, establecer el nexo con los casos de Canadá, Estados Unidos y el Caribe no hispano, para completar el cuadro americano.

En un recuento general, también es posible observar que en la mayor parte de los trabajos se da una revisión de las propuestas de diversos pensadores de la nación en cada uno de estos países aludidos y su incidencia en el imaginario político, 2 los cuales tenían como parte constitutiva de sus análisis las variantes raciales y el problema de las razas como medio u obstáculo para construir la unidad y gestionar el progreso de sus pueblos.

En la revisión de estos pensamientos, que se circunscriben normalmente al diagnóstico nacional de cada espacio republicano, la mayor parte de los investigadores reconoce y analiza la influencia de las tendencias filosóficas y científicas europeas, en muchos casos como fundantes de las opiniones de los pensadores americanos. Herder, Linneo, Le Bon y Spencer ser án los más referidos en relación con los temas de nación y genealogía, los determinismos raciales y evolucionismo social. No obstante, también se citan autores de las teorías positivistas y eugenésicas de fin del siglo XIX e inicios del XX, que permearon una amplia gama de áreas, desde la educación, la literatura, el derecho, la antropología hasta la criminología.

Esta potente influencia de Europa en América, repasada a través de casi todos los textos, si bien está claramente expuesta, demostrándose nexos indiscutibles y justificándose éstos al indicar las temporadas en Europa que pasaron muchos de estos intelectuales o científicos, o bien, porque los autores americanos de la época refieren de forma explícita a dichos intelectuales europeos, deja fuera la posibilidad de revisar los intercambios intelectuales intraamericanos y, a su vez, el plantear que muchas de las ideas sobre raza y nación hayan sido, eventualmente, gestadas en América y expandidas hacia Europa (Anderson, 2006).

3 Aquellos son espacios reflexivos a los cuales los autores no llegan y, prácticamente, siquiera soslayan, excepto en los casos de Saade Granados, cuando cuenta sobre varias conferencias eugenésicas americanas, celebradas en las décadas de 1920 y 1930, o a los trabajos comparativos de Piqueras, de Casaús Arzú y de Funes, que se aproximan parcialmente a estas influencias interamericanas.

Por último, el espiritualismo, y la teosof ía especialmente, están brevemente aludidos en las propuestas de Casaús Arzú, Saade Granados, Funes y Joshua Goode; sin embargo, no existe una justa evaluación de la incidencia de estas doctrinas y agrupaciones en la configuración del racialismo de los últimos años del siglo XIX y las primeras tres décadas de XX.

4 Es sabido que muchos de los políticos, pensadores y artistas de ese entonces se afiliaron a grupos teosóficos, los cuales gestionaban una paradojal relación con la noción de raza. Agregar el elemento espiritualista permitiría adicionar, además, una línea de reflexión que se continúa desde esa “extraña deriva” de la ilustración, como fue el romanticismo –según palabras de Pérez Vejo y Yankelevich–, y, por otra parte, hubiera permitido hacer ingresar a la discusión a las mujeres pensadoras, que están absolutamente ausentes de los análisis. Los únicos referentes a lo “femenino” se realizan en el trabajo de Funes, cuando hace alusión en varias ocasiones a la retórica de la feminización de las razas inferiores a principios del siglo XX en los escritos por ella analizados; y en el trabajo de Saade Granados, cuando refiere al I Congreso Obrero en Bogotá (1919) que reunió tanto a mujeres como a hombres dirigentes campesinos y obreros, y nombra a las principales mujeres representantes; sin embargo, no es más que una mención.

Respecto de los influjos teóricos y bibliográficos de los cuales se surten los autores de esta compilación, se sitúan principalmente en la revisión de bibliografía de antropología, sociología e historia social y política, utilizando una diversidad de autores, tanto locales como extranjeros, que refieren a cuestiones nacionales y raciales de cada uno de los países trabajados y, en algunos casos, a problemáticas que abarcan espacios regionales mayores y hasta continentales. Más allá de estas particularidades y variedad bibliográfica, la influencia de los reconocidos Tzvetan Todorov, Peter Wade, Michel Foucault y Mónica Qu ijada se deja ver, ya que son autores a los cuales se hace referencia en varios trabajos.

Con todo, podemos considerar que Raza y política en Hispanoamérica rebasa sus objetivos en dos sentidos: primero, da cuenta contundentemente de buena parte de las problemáticas nacionales, de los ensayos de “soluciones” raciales y de las ideologías y prácticas ejecutadas dentro de las políticas gubernamentales en los once países revisados, además de los discursos ilustrados, liberales y positivistas en los cuales se enmarcaban tanto las propuestas de políticos como la opinión pública, que circulaban a través de la prensa, literatura especializada, decretos y leyes, censos y otros medios escritos.

Segundo, expone las paradojas, transferencias, diversas aplicaciones y, finalmente, la importancia fundamental de la noción de “raza” en los siglos XIX y XX. La problematización en torno a esta noción en particular, y a todo el conjunto de discursos y prácticas racializadas que se entretejen con una retórica de la diferencia –genealógica, biológica, cultural, religiosa, espiritual y lingüística–, ejemplifica y demuestra con creces la importancia de la raza en América, y nos comprueba que la raza no era una de las problemáticas de la construcción nacional en los dos siglos recién pasados, sino que fue la cuestión entorno a la cual giraba el problema de la concreción de la unidad nacional y el avance en la carrera de la civilización.

[Notas]

2 Se mencionan y revisan propuestas tan diversas y divergentes de José A. Saco, Fernando Ortiz, Anténor Firmin, Eugenio M. Hostos, Francisco Pimentel, Carlos de Gagern, José Vasconcelos, Jorge Bejarano, Miguel Jiménez López, Alcides Arguedas, Bautista Saavedra, Franz Tamayo, Raimundo Nina Rodrigues, Manoel Bomfim, Silvyo Romero, Francisco Oliveira Vianna, Carlos O. Bunge, Domingo F. Sarmiento, Juan B. Alberdi, José M. Ramos Mejía, Lucas Ayarragaray, José Ingenieros, Miguel Ángel Asturias, Carlos Samayoa Chinchilla, David. J. Guzmán, León Fernández, Manuel de María Peralta, Felipe Molina Bedoya, Manuel Antón y Ferrándiz, Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramiro de Maeztu, Miguel de Unamuno, entre otros muchos.

3 Por muy polémicas que hayan sido sus propuestas, Benedict Anderson sigue plenamente vigente, y es quien reconoce el nacimiento del nacionalismo moderno en América.

4 La Sociedad Teosófica fue fundada en Nueva York el año 1875 por quince teósofos, mujeres y hombres, entre ellos Helena Blavatsky, quien fue una de sus principales figuras.

La Sociedad se expandió rápidamente a, prácticamente, todos los pa íses americanos , y los temas raciales, tratados tanto desde la vertiente científica como religiosa, eran un punto esencial del trabajo de los teósofos. De hecho, el pensamiento nazi también surge en estos espacios teosóficos.

Referencias

Anderson, B. (2006). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo . México: Fondo de Cultura Económica (1ª edición 1983).

Foucault, M. (1992). Genealogía del Racismo. De la guerra de razas al racismo de Estado . Madrid: Editorial de La Piqueta.

Montserrat Arre Marfull – Chilena. Licenciada y Magister en Historia, Universidad de Chile. Doctora en Ciencias Humanas, Universidad Austral de Chile. Doctora en Estudios Comparados. Universidad de Lisboa. Esta reseña forma parte del Proyecto de Postdoctorado Fondecyt nº 3190070 “Las ideas sobre la raza y las doctrinas racialistas en la prensa chilena durante la expansión nacional. Copiapó, La Serena, Valparaíso y Santiago entre 1840 y 1940”. E-mail: montserrat.arre. [email protected]

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